Mostrando entradas con la etiqueta Leal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leal. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de junio de 2017

Las 3 ovejas, un cuento para niños

Los Leal, somos muy cuidadosos al contar nuestras narraciones familiares.  De niños, en el regazo de la abuela o sentados frente a nuestros abuelos oímos una y mil historias que nos remontaban, de manera velada,  nuestra pertenencia a la perdida Sepharad  y a aquel Viejo Continente allende la Mar Oceana del que un día escaparon nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos para crear el Nuevo Mundo (que no tardaríamos en corromper y pudrir tanto o más que el Viejo).

Era ese mundo poblado de seres fantásticos que estaban al doblar de la esquina o metidos entre las vasijas de las casas.  En los bosques danzaban y habitaban América y se encontraron de manera pacífica y amorosa (al menos eso quiere pensar) con los otros seres de esta tierra.  Imagino a los duendes, las hadas y los elfos platicando con los chaneques; las sílfides, centauros y sátiros haciendo fiestas orgiásticas con los tlaloques y los seres que poblaban los aires europeos retozando con los nahuales.

Había una vez un Troll que habitaba bajo un puente de piedra.  Un Troll es un ser enorme y grotesco que de tanto no moverse y vivir cerca del agua se llenaba de musgo, de moho y de plantas de las veras de los ríos, lagunas y arroyos.  Los Trolls suelen dormir a veces por cientos de años después de comer y resulta que se confunden hasta con las rocas y ha ocurrido que hombres y mujeres se llevan buenos sustos al pararse sobre ellos  y despertarlos.



Pues este Troll, que vivía bajo ese puente, una tarde, tras una copiosa lluvia, despertó.  El hambre de siglos le hacía sentir un enorme hueco en el estómago.  Veía a diestra y siniestra y no veía ningún ave, ningún animal ni ningún hombre, mujer o niño para devorar. 

Cerca de allí pastaban tres ovejas inocentes de lo que pasaba bajo el puente que, llegado el momento, debían cruzar.  La luz del día comenzó a menguar y fue necesario que las ovejas regresaran al redil.  Así, vuelvo a decir, ignorantes de lo que pasaba, la primera de ellas se acercó al puente de piedra. 

¡Blin! ¡Blin! ¡Blin! se oyeron las pezuñas de la pequeña oveja golpetear sobre la calzada de piedra del puente.  De un solo salto, el Troll se puso delante de ella:
- ¡Roar! – Gruñó, y la oveja quedó perpleja sin saber quién era eso o aquel ser tan enorme y lleno de plantas que gruñía frente a ella.  Amenazante, se puso delante de ella y le informó:

-¡Te devoraré!

La oveja dió unos pasos atrás y le dijo:

-¡Espera! Veo que tienes mucha hambre y yo soy muy pequeña.  De nada te serviría devorarme.  Mejor déjame ir y seguiré creciendo y engordando  así, con el tiempo, cuando esté gorda y grande me podrás comer.  Tras de mí viene mi hermana, ella es mayor que yo y tiene más carne que yo. –

El Troll asintió y la dejó pasar en espera de un manjar mayor. 

¡Blan! ¡Blan! ¡Blan! Se escucharon las pezuñas de otra oveja que caminaba sobre el puente.  El Troll saltó  al lado de ella:

-¡Te devoraré porque eres más grande que tu hermana pequeña!

La segunda Oveja extrañada por la frase le dijo:

-¿Yo? ¿Más grande? ¡No conoces a mi hermana mayor!  Ella sí que está gorda.  Tanto que no puede ni caminar.  Si lo que quieres es un manjar nada pierdes con esperar un poco a que pase ella.  A mi me faltan carnes y si me dejas ir, te serviré de alimento en tu próximo plato.

Perplejo, el Troll la dejó ir. 

Pasó el tiempo y ya se saboreaba la suculenta carne de la Oveja Mayor.  Se imaginaba hacerse un nuevo abrigo con la piel de la inmensa oveja y una almohada con su lana.  La boca se le hacía agua solo de imaginar el exquisito sabor de carnes tan magras.  Pasaba bocados de saliva porque su imaginación le llevaba a pensar en los costillares, las piernas y los “machitos” de la Oveja enorme, casi gigantesca (digna de un Troll) que vendría enseguida.

¡Blon! ¡Blon! ¡Blon! Se escucharon las pesadas pezuñas de la última Oveja y el Troll saltó sobre el puente quedando justo tras la enorme Oveja de cuernos rizados. 

-¡Roar!-  Bramó.

-¡Roar!- Hizo nuevamente y la Oveja se detuvo extrañada por semejantes gruñidos.

-¡Te devoraré!-

La Oveja mayor, sin preocupación, alzó sus patas traseras con toda su fuerza y dio una coz al Troll quien cayó, cuán pesado era, al embravecido arroyo que bajaba llevando árboles y piedras por la reciente tormenta.



¡Blon! ¡Blon! ¡Blon! ¡Blon! Siguió su camino la Oveja mayor para encontrarse con sus dos hermanas al otro lado del puente.  Desde entonces no hemos tenido noticia del Troll que fue arrastrado por la corriente de agua a un lugar desconocido.


lunes, 3 de abril de 2017

Mercedes, los ojos color de mar

“Hija mía tan querida
aman aman
No te eches a la mar.

Que la mar
Está en fortuna
Mira que te va a llevar”


Mercedes se llamaba la hermana de Esther Leal.  Sus ojos del color del mar querían abarcar el mundo.  La laguna de Magdalena ya no le llenaba.  Los lujos de casa y la liberalidad familiar ya no le satisfacían.  El mundo bullía alrededor y la muerte asolaba  invisible el aire.  La gripe española estaba arrasando los pueblos a la redonda. Dicen que cuando llevaban a un difunto al cementerio había que llevar una o dos mortajas más por aquellos que morían acompañándolo.

La muerte zumbaba en el aire.  Las balas revolucionarias se habían llevado a más de diez y otros se habían convertido en carne de cañón huyendo quizá de la peste.  La belle époque que prometía felicidad y progreso se había convertido en barbarie.   Mercedes escrutaba el paisaje con sus ojos color de mar. El mundo.  Su mundo se achicaba.

Una mujer en los años cuarenta se pasea por Trafalgar square
Por las tardes, con los lejanos ladridos de perros y cacarear de gallinas.  Se sentaba Mercedes en el lienzo de piedra.  A veces, un alacrán pasaba como corriendo, como si rezara con los brazos en alto.  Cerquita de ella pero no le importaba:
¿Qué habrá más allá de aquellas montañas?
 ¿Estás estrellas serán las mismas que brillan en otros cielos?
 ¿Cómo se escuchan los hombres hablando en otras lenguas?



Una mañana regresó el tío Eliseo contando las novedades de Guadalajara. 
Mercedes se atropellaba la lengua al  preguntar.
 Todo. 
Lo quería saber todo.
 Se le iluminaban los ojos color de  mar imaginando la serenata en la Plaza de Armas los vestidos  de las señoras y las peinetas de las “chinas tapatías” y las catrinas.
 Los modos de la Ciudad le atraían. Le comían el seso. 
Tomaba a Reyes y lo obligaba a bailar y a hacerse caravanas.


La calle Heróes en Gaudalajara cerca de 1910


Vivía solo cuando Esther era invitada a la Casa Grande en San Andrés.  Lloraba cuando no la llevaba.  Se escondía tras los lienzos cuando Esther y Tomás platicaban ya entrada la noche y repetía en silencio las palabras de ella. 
Los sábados por la tarde, cuando el sol todavía permitir ver los caminos.  Antes de prender las velas que anuncian la buena semana,  Tomás se montaba en su coche y daba una vuelta por San Andrés.  Los chiquillos lo seguían haciendo fiesta y sonreía.
Ante el portillo de Esther se detenía.  Esther lo esperaba muy catrina.  Siempre se detenía y la saludaba quitándose el sombrero.  
A veces le daba flores.

Un día Mercedes se cansó y dijo que se iba.  Lo dijo tan seria que nadie lo dudó.  Una tarde hizo un hatillo con sus cosas y nadie la detuvo.  El tren se paró en La Quemada y  Mercedes se fue.  Tomó para el norte.  Se perdió tras las montañas.  Luego, al año, llegó una carta diciendo que estaba bien.  Europa la había asombrado.  Poco después se corrió la cortina de la muerte. Su fe, sin duda la llevaría a ser pasto de las llamas.  Nunca supimos donde se cerraron los ojos color de mar de Mercedes Leal. Ya no cerró sus ojos antes las luces del viernes.  El calor de las dos luces ya no encendió su rostro.  La luz de la buena semana no calentó más las yemas de sus dedos.  No le dieron el derecho de una tumba ni de guardar su nombre.