Mostrando entradas con la etiqueta Patrimonio Cultural. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Patrimonio Cultural. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de octubre de 2017

Una cruz acuchillada tres veces...

De muy reciente creación, el actual Cementero Municipal de Magdalena no está excento de leyendas e historias. De recién abierto allá por los años de 1930 y algo, le fueron transferidas lápida y restos de algunos magdalenenses cuyos familiares no querían que el descanso de los suyos fuera perturbado por la destrucción del Cementerio anterior ubicado donde hoy está el Centro de Salud  y la plazuela de San José

No tardaron en ir llegando los nuevos vecinos a este Cementerio que fue también testigo de algunos fusilamientos cuando aún se levantaban.  Ya tendría unos 30 o 40 años cuando llegó Esther Leal a ocupar su descanso.  La tierra recibió su cuerpo entre el llanto de su hija, sus nietos y su hermano Eliseo.  La que había tenido en un puño de su mano todo el mayorazgo de Orendaín fallecía sin la pompa que era característica de su tiempo.  En un sencillo ataúd fue colocado el cuerpo que causó pleitos entre los hombres y habladurías entre las mujeres. 



Quizá algunas sencillas azucenas que tanto quería y que en su honor Tomás Orendaín había hecho plantar en las veras de los arroyos de San Andrés la acompañaban. Su despedida religiosa fue un forcejeo con el Cura.  En pleno Atrio Eliseo arrancó de su ataúd la cruz que lucía.

En su casa, construida lejos, lo más lejos posible de Magdalena sin quedar fuera se había colocado un vaso de cristal tras la puerta; los espejos permanecían cubiertos y sus fotografías guardadas bajo llave.  8 días mínimo llorarían su ida.   Amparo, su hija, prorrumpía su nombre por las noches dirigiéndose a los frondosos árboles de los cerros que rodeaban la propiedad.

Al tercer día fue Eliseo al Cementerio.  Estaba renuente a poner una Crucifijo en la tumba de Esther pero debía marcar su lugar para que se conservara su recuerdo.  No supo que a lo lejos venía Isidoro Rodríguez, el mulato que siempre la amó.  Con cal y anilina, Eliseo marcó una cruz de dos trazos de brocha sobre el desnudo muro de ladrillo.  No se atrevía a poner una cruz sobre la tumba de su amada hermana.  Aún la cruz le causaba pesar  y sacando una daga de su abrigo le dio tres cuchilladas al brazo derecho.  Isidoro se asustó a lo lejos.  En Magdalena no había quien hiciera lápidas para poner su nombre y Eliseo enfiló de nuevo cayendo la tarde, el camino que lo llevaría al pueblo.  En la noche fue interpelado por Isidoro acerca de la ausencia de una cruz en la tumba de Esther.  Eliseo se negó a ponerla una y otra vez.  Isidoro salió hecho un demonio de la casa.

Antes de cumplirse los nueve días volvió Eliseo al Cementerio y vió que la Isidoro había puesto una cruz de metal fundido con un crucifijo barato.  La colosal fuerza de Eliseo cayó en ese momento.  De nuevo encerrado.  Siglos de persecución le cayeron encima y a pesar de lo que había ocurrido en el mundo el pueblo de nuevo le negaba a ella a su hermana y con ella a toda su familia una tumba según su tradición.  Se arrancó un pedazo del abrigo, rompió un poco del vestido de su sobrina Amparo y arrancó botones a la camisa de su sobrino y al vestido de su sobrina.  Resistiendo un grito interno sacó de nuevo la daga y marcó, en los brazos de la cruz de metal, las iniciales E. L. B.  A la puerta del Cementerio le dio unas monedas al camposantero y le ordenó que, por nada del mundo, permitiera que se borrará la Cruz pintada en el muro de ladrillos golpeada tres veces por una daga y que indicaba la dirección donde estaba la tumba de Esther Leal. 

Allí, a la derecha, a unos metros de uno de los ingresos del Cementerio de Magdalena, se ha conservado una cruz con tres cuchilladas.  Signo de una resistencia silenciosa.



domingo, 18 de junio de 2017

El nacimiento de Huitzilopchtli

Coatlicue, la de la falda de serpientes, la Madre Tierra, barría azarosa los templos de Tollan cuando sintió que alguien la veía y se sonrojó.  Desde el  cielo Tonatiuh, el Sol Joven la veía prendado de su belleza.  Esa mañana, mientras la veía desde el cielo, Tonatiuh sintió un impulso natural y de su entrepierna, de su maxtle confeccionado con plumas de quetzal y de águila, se soltó una viruta de plumas con su semen y volando, fue a depositarse en el vientre de Coatlicue quién al momento se sintió preñada.

Tonatiuh, el Joven Sol ascendente.



Allí cerca estaban los otros hijos de Coatlicue: Coyolxauqui, la de los cascabeles en la cara y Centzonuiznahua,  los 400 hermanos.  Coyolxauqui notó en los ojos de su madre el embarazo y se llenó de rabia y de celos.  Corrió al lado de Centzonuiznahua y le contó que tendrían un hermano nuevo.

Coatlicue, la de la falda de serpientes


¿Cómo habían de repartirse el mundo con una hermano más? ¿A que venía el desatino de su madre de embarazarse en aquella hora cuando el mundo apenas tenía un frágil equilibrio?  Urdieron entonces un plan para matar a su madre con el hijo de Tonatiuh aún en el vientre y una noche se dispusieron a hacerlo. 

Cenzoniznahua, los 400 hermanos surianos



Sigilosos, se montaron sobre los muros de los templos donde dormía su madre embarazada. Pero Quetzálcoatl (otro de sus hermanos) los vió ocultarse entre las sombras y Tezcatlipoca les jugó una de sus múltiples bromas haciendo que su madre se despertará intranquila.  Quetzálcoatl, conocedor de los corazones de los hombres y los dioses, se acercó a su madre y le habló a su hermano no nacido:

-Eah hermano que vienen a acabar contigo antes de que veas el sol de este mundo-

Huitzilopóchtli saltó en el vientre de su madre y desde allí le respondió:

-Nada ocurrirá conmigo porque hemos de vivir. Madre nada has de temer.  Ponte en pie y huye. Vete a donde yo te diré que yo cuidaré de ti y de mi. Huye que vienen mis hermanos a darnos muerte-

Y así, Coatlicue dió a huir cada vez más al sur hasta que llegó el momento del parto.  Allí, en Huitzitzilapán, en la tierra de los colibríes.  Donde desde Chicomostoc, desde las Siete Cuevas se domina el campo regado por la Laguna enorme que daba vida a los bosques y espesas selvas, Coatlicue, perseguida por sus hijos, empezó a dar a luz.

No bien empezaron las molestias del parto se escucharon los gritos y los pasos cercanos de Coyolxauqui y Centzonuiznahua.  Sudorosa y jadeante quiso ponerse de pie pero desde el vientre le habló de nuevo Huitzilopochtli:

-Dejame nacer que yo haré cuenta de mis hermanos.  No temas de tu vida ni de la mía que he de vivir.  Dejame nacer madre. -

Y nació Huitzilopochtli justo al momento en que Centzonuiznahua estaba a la boca de la cueva empuñando el matlatl de pedernales y pintado para la guerra.  Pero Huitzilopochtli había nacido colibrí y el asesino oyó solo su leve zumbido y vió brillar la Xiucoatl, la serpiente de fuego que luego cegó su vida.

Huitzilopchtli, el colibrí zurdo empuña a Xiucoatl, la serpiente de fuego


Coyolxauqui, apenas subía las laderas de la cueva y vió el cádaver de Centzonuiznahua. Llena de pavor, trocó la ira en pánico y huyó a Coatepetl, el Cerro Grande las Serpientes.  Corría y volteaba de vez en vez y disparaba dardos a Huitzilopochtli  y tornaba a huir.  Por fin llegó a lo alto de Coatepetl y se sintió aliviada.  Quizá Huitzilopochtli la había perdido y con el tiempo la perdonaría.  Muerto Centzonuiznahua ya no había porque temer un desequilibrio en el mundo porque Huitzilopochtli tomaría su lugar.  Coatlicue era al fin su madre y la perdonaría.

 En esos pensamientos estaba cuando un leve zumbido la hizo ponerse de pie asustada.  Ante ella un colibrí multicolor le amenazaba.  Era Huitzilopochtli, el colibrí zurdo, empuñando a XiucoatlHuitzilopochtli tomó su atemorizante forma y de un golpe en el pecho empujó a su hermana y la despeñó.  Allá rodaba Coatlicue colina abajo hasta quedar desmembrada completamente.  Mientras caía sonaban los cascabeles que adornaban su rostro.  Y cayó por fin  y las piernas y los brazos quedaron separados de su tronco, las manos y los pies de sus brazos y piernas. Los ríos de su sangre se mezclaban con el agua de los arroyos y ríos circundantes.  Huitzilopchtli tomó la cabeza de su hermana muerta y, aún con cascabeles, de un solo impulso, la arrojó a la luna.

Coyolxauqui, la de los cascabeles en la cara, desmembrada


Al amanecer siguiente, Huitzilopochtli, el Colibrí Zurdo, se encaminó a la Laguna a lavarse la sangre de los hermanos fallecidos.  Sus músculos se reflejaban en el Lago.  Con cada costra de sangre que se retiraba, dejaba ver más de su cuerpo desnudo y la Laguna quiso aprisionar la imagen de Huitzilopochtli.  Así, viéndolo desnudo, se quedó enamorada de él y para no olvidarlo, aprisionó sus colore y para que no se le escapara su recuerdo, se hizo piedra transparente de colores, los colores del colibrí.   Huitzilitécpatl, la piedra del colibrí, se hizo la Laguna de su idilio con el recién nacido Huitzilopochtli y la piedra en que se transformó la Laguna, nosotros la llamamos Ópalo.



En Magdalena podemos encontrar al menos 15 especies diferentes de colibríes.
Sus colores son similares a los del ópalo ambos consagrados al culto de Huitzilopochtli.



miércoles, 14 de junio de 2017

El Caballito

¿Qué tan caprichosa puede ser la naturaleza formando imágenes cotidianas?  Hacía el poniente de Magdalena se extiende una maravillosa formación rocosa sobre la que parte del pueblo ha asentado, con riesgo de su vida, su habitación.  Hace años, parte de sus simas fueron bañadas por el agua opalina de la Laguna de La Magdalena.  Allí se yergue magnífico El Caballito,  una colosal imagen coloreada de modo natural por los escurrimientos de las aguas de Magdalena a las que tanto debemos y a las que hemos, ingratos, conjurado.

Nuestra narración inicia cientos de años atrás y al otro lado del mar, en Barcelona.  Un enorme Dragón asolaba las ciudades costeras del Mediterráneo.  Ninguna plegaria, ningún santo pudo detener su camino de bosques y simientes quemadas hacía el puerto español.  Batiendo sus alas, el calor se comenzaba a sentir.  Cualquier viento raro parecía anunciar la preencia de la  mortal Bestia cuya piel no podía ser  traspasada por arma alguna hecha por mano humana.

Un mediodía, los campesinos corrían a protegerse tras las murallas barcelonesas y al ver el pánico en sus rostros, las campanas de los templos comenzaron a tañir  llamando a todos a alcanzar la seguridad detrás de sus murallas.  Horas después, expectantes, desde lo alto de las murallas, los habitantes pudieron ver arder sus cosechas y los bosques circundantes.  El enorme dragón cuyas escamas brillaban como el oro a plena luz del día exhalaba fuego que consumía todo a sus alrededor. 

Pasaron los días y el Dragón pareció satisfacer su hambre con los ganados montunos y los privados.  Desde lo alto de las torres, la muralla y el castillo los pobladores veían como los animales del bosque huían en riadas.   Tras la seguridad de las murallas el hambre comenzó a asomarse.  Uno de esos días cuando las provisiones de la Ciudad casi desparecían, el monstruo avanzó hacía la ciudad.  Todos lo sabían, el Dragón los devoraría.

Los gobernantes de la Ciudad, alarmados, reunieron a las cortes ante el Conde.  En su desesperación decidieron que se hecharía a suertes la vida de uno de sus jóvenes habitantes quien debería presentarse como víctima ante el Dragón.  Solo así, sentían, podía salvarse la Ciudad.  Y hecharon suertes y tocó a un avezado soldado que, despojándose de su armadura camino, ante la mirada de todos, al encuentro del feroz Dragón.  Tras el dramático banquete, la Bestia se retiró dando tumbos y se perdió.    Los barceloneses se creyeron salvados.

Al año siguiente, cercana la cosecha, cuando el campo quemado volvío a vestirse de mieses y el ganado empezaba a crecer nuevamente, la Bestia volvió.  Las Cortes repitieron el sangriento sacrificio y esta vez entregaron a una joven.  De nuevo el Monstruo se retiró.   Ahora sabían que tendrían que hacer un sacrificio anual. 

Llegó la siguiente cosecha y antes de sorprenderse, las cortes volvieron a hechar suertes y mandaron su sacrificio.  Ningún habitante de la Ciudad estaba exento del cobró del Dragón.   Nobles y plebeyos participaban en la mortal lotería y así, durante casi 30 años o más, los barceloneses tuvieron que entregar a alguno de sus más preciados jóvenes hasta que tocó un año en que, el nombre que surgió, dolió a todos.   Desde el Conde hasta el más mísero habitante del burgo barcelonés lloraba porque debía sacrificarse la hija del mismo Conde: doña Blanca  y  la Ciudad se deshizo en llantos y clamores a D-os.  Los principales ofrecían cambiar a doña Blanca por sus hijos o por dos o por tres de ellos pero doña Blanca estaba decidida y ella sería la siguiente víctima.

Llegó el fatal día y el Monstruo  aparecería sobre el bosque y la Ciudad lloraba vestida de luto.  El Conde se deshacía la cabellera desesperado y daba su corona al caballero que pudiera matar a la fiera Bestia sin obtener respuesta.  Todavía de mañana,  se abrieron las puertas del castillo y apareció doña Blanca ornado el largo cabello de flores multicolores y un vestido tan blanco como su nombre ceñido a su cintura con un largo listón azul que arrastraba.  Avanzó con entereza por las calles de la Ciudad acompañada del llanto de todos.  Se abrieron las puertas de la muralla y salió al campo.  La Ciudad se había volcado sobre las murallas y, a cierta distancia, doña Blanca se despidió entrando al espeso bosque.   Un viento de muerte atravesó del bosque a la Ciudad.

En el bosque, doña Blanca se encontró a un apuesto joven vestido tan solo de camisa, pantalón, botas y montado sobre un corcel sin montura.  Sin apearse, el joven entabló conversación con ella y la acompañó por el bosque.  Doña Blanca le explicó su situación diciéndole que había decidió salir a buscar ella a la Bestia porque no quería que su padre fuera testigo del cruel momento en que sería devorada.  Sin darse cuenta,  doña Blanca y el Joven dieron con la guarida del Dragón dormido aún.

Sant Jordi en un monumento en Barcelona


La Joven se despidió del caballero pero él le sostuvo la mano.  Ella se empecinó en avanzar a la Bestia y él la contuvo llevándose un dedo a los labios.  La estrechó contra su cuerpo y en un ágil movimiento retiró el listón que le ceñía el vestido.  Sorprendida doña Blanca, preguntó en un susurro el nombre al joven: - Jordi­- le dijo y de modo ágil se avalanzó sobre el Dragón dormido y pasó el listón por su cuello dando el extremo a doña Blanca. 

Sorprendida la Bestia despertó y se sintió domada por mano humana.  Doña Blanca asustada no sabía que hacer.  Jordi la tomó de la mano y le instó a no soltar el Dragón.  Así,  el Dragón con el listón al cuello seguía a doña Blanca quien iba de la mano de Jordi y este llevaba a su caballo con la otra mano.   Barcelona estalló en un grito de alegría al ver la vuelta de doña Blanca acompañada del apuesto príncipe.  Se abrieron las puertas de la muralla y, por primera vez, los barceloneses podían tocar a la Bestia que los había espantado por años.

En la estampa,  San Jorge asesina al Dragón ante la mirada de doña Blanca, al fondo Barcelona y sus murallas.


Pero la paz tenía un precio y había que pagarlo.  Blanca no podía soltar al Dragón a no ser que se casará con Jordi.  Como en toda tragedia, el Conde y la nobleza se opusieron a la boda de la princesa digna de un rey pero no de un desconocido.  Jordi montó su caballo e invitó a Blanca a subir en él y soltar el Dragón.  Ella se negaba a hacerlo porque eso significaría la destrucción de su Ciudad pero quería irse con Jordi.  Entonces, casi de un salto, en medio de la discusión de la nobleza, montó en el caballo con Jordi sin soltar el Dragón y avanzaron camino al mar y allí se perdieron.

Cientos de años después la historia se siguió y se sigue contando y cada héroe de Barcelona se llama Jordi y a veces Sant Jordi.  Cuando los europeos llegaron a América y encontraron el lago de La Magdalena con un caballo pintado de modo no humano en un farallón, no pudieron menos que recordar la leyenda de Sant Jordi , doña Blanca y el Dragón que un día desaparecieron camino del mar y le llamaron cariñosamente “El Caballito”.

Por si fuera poco, en el mismo macizo donde aparece figurado El Caballito hay un géiser cuyo bramido puede escucharse aún hoy al caer las tardes recordando al bramido de una Bestia antigua que duerme encerrada por la piedra y vigilada por el Caballito de Sant Jordi .  Si un día, el Caballito baja la pata delantera (que la tiene en alto) será sin duda para avanzar y con su paso pétreo romper la roca que guarda al antiguo Dragón.  El Dragón despertará y en una explosión de agua inundará lo que esté a su paso claro está, Magdalena.

Hemos señalado en un círculo la formación rocosa de El Caballito de Magdalena para facilitar su visiblidad.


Nuestros abuelos iban de día de campo al Caballito hace ya muchos  años.  Desde allí veían el oleaje de la antigua Laguna hoy seca para beneficio de unos cuantos y rememoraban la leyenda que acabamos de narrar de un modo o de otro.  De camino a casa no paraban de rezar:

“San Jorge bendito, amarra a tus animalitos con un cordón bendito”

sábado, 13 de mayo de 2017

Segismundo Sagaste corre por los campos de Magdalena

¿Has visto como vuelan unos hilillos de polvo que surgen casi de la nada? En esta temporada de estío es común en Magdalena que las polvaredas acompañen las tardes calurosas.  Son así de calientes luego de la desecación de la Laguna de Magdalena.  Ni modo.  Fue triunfo para unos cuantos y desastre para la mayoría.  Pues bien, esas polvaredas repentinas se originaron hace mucho tiempo como castigo a Segismundo Sagaste. 

Alto y muscular, un poco pelirrojo, Segismundo Sagaste se había iniciado en la cacería casi desde niño.  Los zitos caían por cientos en sus redes. El arco suplió a la resortera en su adolescencia.  Ya mayor los animales comenzaron a reconocer su pisada y a tratar de huir porque no lo lograban.  Poco a poco Segismundo se hizo de un grupo de hombres y mujeres que talaban bosques y los quemaban con tal de acorralar las piezas de caza que luego serían devoradas y sus pieles y restos mostradas como trofeos de caza.

Cazador por Joaachim von Sandrart




La espesura de la selva magdalenense y circundante comenzó a medrar y los animales fueron desapareciendo gravemente.  Un buen día,  los pocos animales acudieron en  tropel al Creador para darle la queja y es que Segismundo Sagaste y sus amigos estaban por hacerlos desaparecer.

Y ocurrió que a la mañana siguiente iba Segismundo Sagaste tras sus lebreles, con arco en mano, hacha en la cadera y botas altas.  Llevaba de la brida a su caballo y era seguido por su séquito de cazadores.  A lo lejos vió un hermoso venado.  Altivo, el venado le fijó la mirada al cazador.  Por alguna razón los lebreles no le habían alcanzado. Luego de cruzar las miradas el venado comenzó a trotar en el sentido contrario a Segismundo.  Sagaste montó rápidamente seguido por sus cazadores pero el venado no huía.

En la espesura de las selvas del Bermejo se perdió el magnífico animal y Segismundo no dudó en entrar a buscarle.  Ya se imaginaba las magras carnes al fuego, el olor, el sabor, la piel en alguna capa o en unas botas y la cabeza, disecada, colgada como trofeo.  Ninguno de los acompañantes le siguió.



En un claro apareció una cascadilla que nunca había visto.  Un laguillo se hacía en el vaso donde las gotas de agua caían por millardos y ahí, casi al alcance de la mano, el venado.  Tensó el arco, dispuso la flecha y el venado volvió a verlo a los ojos.  Sorprendido, Sagaste, dejó caer el arco y se puso de rodillas.  Sobre la frente del animal una cruz brillantísima se había colocado.  Una voz antigua le reclamaba:

-¿Por qué destruyes lo que yo he creado?

Los cabellos se le erizaron, un sudor frío recorrió su cuerpo y no podía moverse.  El venado coronado por la cruz se acercaba con paso seguro.  Estaba como una estatua.  Pánico se apoderó de él:

-¡Ni una pieza más ni para ti ni para los tuyos! ¡Ninguno de estos animales morirá por tus armas o yo te cobraré caro por su vida!

La oscuridad a pleno mediodía se hizo para él.  Confundido y tembloroso avanzó sin saber a donde hasta que lo encontraron sus amigos.  No entendían lo que le había pasado.  Tres días estuvo pasmado en casa con peligro de muerte.  Por fin se levantó y preparó sus armas.  La alegría volvió a su casa y sus amigos se prepararon para salir de cacería.  Segismundo se negó.

La selva volvió a bullir de vida.  Los bosques cercanos se llenaron de nuevo de las bestias que antaño la habían poblado.  Vagaba el cervatillo con su madre, las liebres, los pumas, los osos, armadillos, tejones, coyotes, lobos y jabalíes.  Sagaste iba de vez en vez al bosque y las liebres y los cervatillos corrían ante él sabedores de que nada les iba a hacer.

Pasaron los años y una tarde, celebrándose una misa en el campo, poniéndose de rodillas se le presentó la más poderosa liebre jamás vista.  Altanera alzó las orejas ante él y sin miedo alguno se puso entre el Cura y Segismundo.  Un impulso alzó su brazo, como un resorte retiró la flecha del carcaj y tensó el arco.  Justo se elevaba la hostia consagrada cuando la punta de la flecha apuntaba al precioso animal.  Raudo corrió y Sagaste se levantó tras él.  Siendo mayo, el polvo que levantaba la liebre huyendo de Segismundo y Sagaste corriendo tras la pieza se levantaba en alto.  En vano le gritaban a Sagaste que se detuviera.  El impulso humano pudo más en él que el temor al castigo.


Cuando en el campo te encuentras con un hilillo de polvo como marcando un camino, es Segismundo Sagaste que, castigado por el ciego deseo de hacer voluntad en contra del Creador, sigue corriendo eternamente tras la liebre a la que nunca dará alcance.  A veces, la liebre se detiene a descansar y Segismundo se enfrasca en una lucha con ella y entonces el polvo hace remolinos tan altos que llegan al cielo.


Fotografía tomada de mexico.pueblosamerica.com

sábado, 6 de mayo de 2017

San Antonio La Quemada...

Cada noche una llama flotante pasea por el arroyo del Guajical.   Surge violenta desde las aguas contenidas en la represa que el rey don Carlos III mandara hacer en su tiempo.  La llama que pende en el aire se mueve lentamente, haciéndose notar a quien tenga la desdicha de verla.  Como si la llevara un paso cansado, sigue la margen del arroyo y se pega a la Vieja Capitanía donde hubo molino y hoy es templo.  Como dudando, se acerca al arco del puente del Borbón y sigue su camino bajo él.  Allá se logra ver como desaparece a lo lejos.  Quien se ha enfrentado a ella o quien ha tratado de seguirla buscando la relación de oro y plata por la que se cree ha sido condenada a vagar por la eternidad, debe resistir el pavor de sus reclamos.

Hace muchos años vivía en San Antonio de Coatlán una muchacha que hubiera sido como cualquier otra pero cargaba en sí el amargo don de la belleza.  Hija de un mulato y una criolla, su mestizaje le había dado el candor del baile, del canto y del saber.  Era apenas una entre su grupo de hermanos y hermanas que la cuidaban como al tesoro más preciado de su casa. Las guirnaldas de flores y los versos la cuidaron desde siempre.

Pero también desde siempre, el corazón humano trata de condenar lo que le es ajeno.  Aquello que no le es propio o lo que lo hace sentir inferior.  La familia de esa joven, que nombraremos Selene, si bien no era rica, al menos nada le faltaba y su riqueza era de la que “Dios da” es decir, sin perjuicio de nadie.  Su aparición en cualquier convite público o hasta en misa provocaba los más ardorosos celos del resto de las muchachas de su edad. 

Llegó el tiempo en que debía casarse.  Las bodas de sus amigas se celebraban una tras otra y a ninguna era invitada su familia.  Pero las entradas y salidas de pretendientes a su casa lograron envenenar el alma de las casaderas, las alcahuetas y las madres.  Tal riada de pretendientes llegó a que en los chismes la llamaran “prostituta” y eso no detuvo el continuo andar de los que pedían su mano.

Llegó el día en que la familia tuvo que prohibir a Selene salir de casa. Era peligroso.  Selene se había decidido ya por uno de los pretendientes y se corrían amonestaciones e investigaciones.  Andrés, el prometido, era todo lo que las muchachas de San Antonio habían deseado.  Una tarde en que Selene regresaba de Magdalena donde había comprado la manta para su boda, recibió una pedrada en la cabeza.  Los ánimos de su familia y la del prometido llevaron a tal tensión al pueblo de San Antonio que se temía en cualquier momento una riña o un asesinato.

La abuela de Selene, mulata vieja de cuerpo entero y aún con fuerza, maldijo al pueblo en el caso de que algo le ocurriera a su nieta.   La noticia de la maldición acarreó más recelo a la muchacha ahora acusada de bruja.  Pero las mujeres juntas resultan más brujas que una sola y en vísperas de la boda, estando Selene sola con su abuela en casa, la sacaron y la arrojaron a la noria frente a la Capitanía.  Solo su abuela dando voces tras el montón de embravecidas damas la siguió pero nada pudo hacer. 
Cuando el cuerpo de su hija caía al pozo, maldijo por tres veces a las mujeres de San Antonio.  A ellas, a sus maridos y a sus hijos.  El cuerpo de Selene al tocar el agua se transformó en una llama viva que abrasó todo a su alcance y marcó las caras de sus asesinas.

Una noria virreinal, influencia árabe, quizá así lució el lugar a donde fue arrojada la protagonista de la leyenda.
Foto de Antonio Velez in objetivomalaga.diarioisur.es

La noticia de la muerte de Selene desató una ola de violencia.  Algunos maridos de las recién casadas fueron asesinados por venganza.  Las recién casadas muchas embarazadas, sucumbieron ardiendo lentamente en el fuego de la fiebre de la viruela o de las temibles “fiebre cuartanas” tras un parto mal logrado donde el niño o niña nacía muerto, como si fuera papel reseco por el tiempo.

Las pocas sobrevivientes arrodilladas imploraban perdón a la vieja negra, a la familia y prometido de los que solo recibieron llanto:

  -Allá vayan y pidánselo a ella-

 dijo una vez Andrés quien cargaba ya en su alma más de 20 muertes por causa de su prometida

 -Allá vayan y búsquenla al mundo a donde la han mandado-

Desesperadas, fueron una noche a donde la habían tirado.  Temían que, al no haber recibido sepultura, su alma siguiera vagando y vengándose. Planeaban pedirle perdón dándole sepultura.  Pero el cuerpo había sido consumido por el fuego que las había marcado.

Allá fueron y de repente, sin saber cómo ni de donde, Selene apareció radiante sentada entre ellas.  Les preguntó por Andrés y dos de ellas corrieron a buscarlo.  Lo trajeron y la noticia de la aparición se propagó rápidamente.  En tropel iba el pueblo a La Noria pero la Abuela contuvo a su familia.  Andrés lloraba de felicidad al ver a Selene.  La estrechó contra su pecho y se fundió en un largo beso.  La pareja comenzó a andar al sur, al lugar de los muertos y tras ellos un séquito de mujeres le seguían. 

Cuando el grueso del pueblo llegó a la Noria vieron solo los cádaveres de Selene y Andrés tomados de la mano.  De las mujeres no había rastro.  San Antonio se cubrió de luto y llanto.  Decían que en una macabra procesión,  la pareja violentada se había llevado a sus acusadoras en una procesión de boda al más allá y San Antonio se llenó de viudos y se hizo un pueblo casi fantasma.


Desde entonces el fuego fatuo de la represa sigue el mismo camino que un día siguieron las jóvenes llenas de odio hacia una muchacha que no les tomaba importancia.  Desde entonces, dicen, San Antonio trocó su nombre en La Quemada.

Una serena puerta que no da a ninguna parte se puede observar en la antigua hacienda de La Quemada.
Foto de Ezequiel Barba García.

martes, 18 de abril de 2017

487 aniversario de Magdalena

487 años que son solo parte de un largo camino.  Magdalena, Corazón del Paisaje Agavero es el pueblo más antiguo del territorio que compone la Declaratoria de la UNESCO en 2006.  Este será un blog un poco diferente.  En este contaré el porqué de la confusión con las fechas y la “fundación” (y porque nunca la hubo).

¿Porqué el 18 de abril de 1530?  Lo cuenta Fray Antonio Tello (aunque luego se hace bolas para defenderse ante la Corona Española y eso es cuento aparte) y dice que:

“Tres días después (de que se congregaron los indios de Temanyca para fundar Tequila, 15 de abril de 1530) se dirigió al pueblo del cacique Guaxicar y le pidió la obediencia”[1]

Palabras más, palabras menos así de claro: el vecino tuvo que ser “fundado” porque no existía y al pueblo del Guaxicar solo se le pidió la “obediencia” es decir, que aceptará ser súbdito del Rey de España, don Carlos V de Alemania y primero de España (sí, el de los chocolates).  “Obediencia” quiere decir que el Guaxicar  no opuso resistencia y es más, hasta llegó a un acuerdo con Cristóbal de Oñate (el fundador de Zacatecas y Guadalajara ni más ni menos).  Así, una mañana de 18 de abril Cristóbal de Oñate usando a sus traductores nahuatlatos hizo que Guaxixicar la capital de un extenso reino gobernado por el Guaxicar entrará en la historia.  Por eso Magdalena nunca fue fundada (porque ya existía) así como pasó con Tenochtitlán pero sin violencia.  Precisamente los indígenas nahuatlatos que formaban parte del ejército de Oñate fueron los que le dieron un nombre distinto a Guaxixicar y le llamaron Xuchitepec.[2]

El mapa que no es mapa.  Ubíquese usted al centro donde aparece una laguna con islas (esa es la de Magdalena).
Justo arriba aparece una leyenda que dice "guaxixicar de guerra".  Aquí, Magdalena aparece con su nombre original: Guaxixicar.


La investigación al respecto la hicieron los agregados culturales de la UNESCO para la declaratoria del Paisaje Agavero como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2006.[3]  Por las mismas fechas algunos investigadores ya habíamos notado ese detallito.  La fecha de 1596 se logró más por acuerdo entre cronistas que por bases documentales.  El primer requiebro de esa fecha ocurrió cuando se digitalizaron los Archivos Parroquiales de Magdalena donde hay actas de bautismo desde 1561 (¿Cómo había bautismos en un pueblo que se supone se fundaría en 1596?).  Además, para que exista parroquia debía existir una población anterior que hiciera comunidad.  Así de simple ¿Quién le pagaría al Cura?

Por eso llamamos a Magdalena “Corazón del Paisaje Agavero”  no por  estar en el centro,  sino por ser el pueblo más antiguo, la fuente vieja de las tradiciones de la que beben los otros pueblos que componen este territorio del Paisaje Agavero.  En 1530 el pueblo de Guaxixicar, llamado Xuchitepec  por los soldados nahuatlatos de Oñate y La Magdalena por los europeos, hizo su debut en la historia escrita. Un 18 de abril de 1530 de manera regia, el Guaxicar, respetado en su dignidad de gobernante, tuvo que llegar a un acuerdo con el capitán Cristóbal de Oñate como embajador del Emperador Carlos V.  Una entrada desumbradora a la historia escrita para un pueblo que ha sido sistemáticamente habitado por 3500 años aproximadamente. 

¡Felicidades a nosotros los magdalenenses!

487 años llenando de color y tradición al Occidente de Jalisco






[1] Tello, Fr. Antonio, Chronica Miscelanea de la Sancta Provincia de Xalisco,
[2] Para abundar más en estas cuestiones del nombre o “los nombres” Erick González Rizo del Colegio de Michoacán ha hecho una excelente investigación al respecto y muy interesante de leerse.
[3] En los textos oficiales de las Rutas Culturales del Estado de Jalisco (Magdalena pertenece a tres) los investigadores dieron con este dato escondido a “ojos vistos” en Tello y corroborado luego por la multitud de documentos que hablan de Magdalena entre 1530 y 1604.

sábado, 15 de abril de 2017

Las campanas fantasmas de Magdalena

Los pueblos todos tenemos una época pasada de gloria.  Magdalena, Jalisco también lo tiene. Momentos del pasado que, al ir de generación en generación, de boca en boca, como tradición oral, lo hemos convertido en nuestra leyenda fundacional o parte de ella.  Hoy que es sábado santo o de gloria, se abren puertas antiguas.  Ventanas escondidas en las que podemos caer o entrar. 

Dicen que hace cientos de años Magdalena estaba en una isla rodeada de una laguna maravillosa.  La Isla tenía sus muelles que podían llevar las canoas llenas de flores, ciruelas, limones, naranjas, limas, zapotes, jitomates, calabazas y  cebollas (como tenía que ser) hasta Etzatlán y Ahualulco por el agua.   Sus calles rectas y paredes de adobe blanqueadas estaban rodeadas de árboles de arrayán y guayaba que daban sombra a los paseantes de esa Magdalena en la isla.

El templo, ubicado primorosamente sobre la parte más alta, dominaba todo el paisaje circundante de la Laguna de Magdalena.  Al sur se veía Etzatlán como arrimada a la Sierra de su nombre; un poco más allá se adivinaba Ahualulco “en medio de cerros”;  al norte Xuchitepec-Guaxixicar que apenas cobraba vida sobre la alfombra de flores blancas, amarillas y vaporosa de perfumes naturales.

El viejo templo estaba en la colina más alta de la isla dominando la Laguna Completa.
En la foto, la espadaña del templo de Almudena del Cusco, contemporánea a la leyenda de la Vieja Magdalena.


Nada faltaba en aquella Magdalena rodeada de la opalina agua dulce de su  Lago (hoy desecado para gloria y riqueza de unos cuantos) y  tenía un grifo de agua en plena plaza.  Así, nadie tenía porque bajar hasta las playas del pueblo para llevar agua a sus casas.  Por la mañana o por la tarde las señoras, señoritas, niñas, niños, esclavos y sirvientes bajaban a la plaza para tomar agua del grifo y la cargaban en sus cántaros. 

Pero la vanidad no tardaría en hacerse presente.  Una tarde, cerca del viernes santo, dos comadres de alcurnia se encontraron solas frente a la llave de agua.  Se saludaron y platicaron como siempre hasta que, acabada la plática y viviendo una en un extremo del pueblo y la otra en el otro, se adelantaron al mismo tiempo a llenar vasijas.  Las dos se empecinaron en ser la primera en tomarla.  De la chanza y chapuza pasaron a las palabras groseras.  El pueblo se arremolino ante ellas para ser testigo de la discusión sobre cúal de las dos tendría el derecho a tomar agua antes que la otra.  Linajes antiguos, derechos divinos, deudas de dineros y deudas de honor se pusieron al descubierto.  Los testigos tomaron  partido, unos por una comadre y otros por la otra. La luz del sol se ocultó.

Molestos y divididos, los habitantes de esa antigua Magdalena se retiraron a sus casas perfumadas por los olores frutales de sus huertas y arrullados por el oleaje de la Laguna.  Los hachones y velas fueron apagándose uno tras otro hasta quedar bañados solo por la luz de la luna llena, disgustados por el derecho de la otra comadre.

Aún no amanecía cuando truenos y relámpagos desgarraron el cielo.  Un sonido sordo recorrió el valle seguido de un terremoto profundo que tiró los techos de todas las casas.  La lluvia impidió el incendio.  Entre los gritos de terror, los vecinos fueron arrastrados por una corriente de agua como si la Laguna les cobrará el pleito vano de pelearse dos comadres por un grifo de agua teniendo una laguna completa de agua dulce.

Magdalena quedó arrasada y sus sobrevivientes fueron repartidos a Santa María, Etzatlán , Ahualulco y Xuchitepec-Guaxixicar.  Nunca volverían.  En su conciencia quedó por siempre aquel pueblo de trazo recto llenó de huertas y pesquerías.   Nunca volverían a rezar en el templo que dominaba el Valle y la laguna de Magdalena.

El pueblo de San Juanito en la playa de la Laguna de Magdalena.  La fotografía corresponde al "barrio de tierra" y fue tomada en las dos primeras décadas del siglo XX.
 


Hoy día, dicen que hay que tener cuidado.  A mediodía o a medianoche del sábado santo se suelen escuchar las campanas lejanas de un templo desconocido.  Quienes han seguido el sonido se han encontrado de repente en aquella vieja Magdalena llena de huertas frutales y pescadores en medio de la laguna.  Los que han vuelto quedan enfermos de melancolía añorando y sufriendo no poder volver a esa Magdalena que ya no fue. 

domingo, 9 de abril de 2017

La Cruz del Diablo en Magdalena, Jalisco

Les invito a hacer un ejercicio.  La identidad magdalenense se está perdiendo ante la voracidad inmobiliaria de unos cuantos.  Las casas viejas se caen o se tiran estrepitosamente para dar lugar a edificios de muchos pisos “porque es moderno” dicen.  Hay quien  ha pedido que se derriben las casonas que hablan de la grandeza virreinal de Magdalena “pa´hacer estacionamiento pa´que venga el turismo”.  Habrase visto ¿A que vendría un turista si no tiene nada que ver? ¿A contarle lo que ya no hay o a estacionar su auto?

Cuando el lugar de un relato desaparece o el relato mismo se olvida, aunque permanezca el lugar, la identidad se muere.  Un turista busca identidad.  Magdalena no puede ofrecerle borrachera al turismo como nuestro vecino competidor.  Pero tenemos algo que un cierto sector del turismo anhela: Turismo Cultural y ¿sabías que el turista cultura gasta hasta 4 veces más que un turista promedio por una “experiencia”? Dejemos este tema para otro momento.   Hagamos, les decía, un ejercicio de identidad y apropiación.  Relataré la historia de una posesión demoníaca y les pido ubicar el lugar donde están  los restos de esta narración.

Hace muchos años.  Cuando todavía se usaban armaduras.  Un hombre se divertía matando y violando pesonas.  Los magdalenenses ocupados en  la pesca, las huertas, el ganado, la agricultura y las minas se preocuparon por ello.  No daban con el asesino serial hasta  que se dieron cuenta de que, el asesino, había ya rebasado el promedio de vida de un hombre de su época.

Yendo hacía la Raya había una casa abandonada sin nadie saber que había pasado con sus ocupantes.  Una  tarde se perpetró otro asesinato pero hubo testigos:  un hombre con armadura había destripado a un minero de Hostotipaquillo.  Se persiguió al asesino que corría velozmente a pesar del peso del metal.  Saltó la barda de la casa abandonada o entró  por alguna rendija (los endemoniados, dicen, pueden hacer eso).  Los perseguidores entraron e  iluminando las habitaciones descubrieron la armadura abandonada.  Del asesino nada.

Al tiempo hubo otro asesinato. El asesino había perdido la vergüenza atacaba en público.  El hombre con armadura desparecía en la misma propiedad.  Una madrugada,  las campanadas de la Parroquia impidieron oír los gritos de una mujer que murió al ser empalada en una puerta de golpe.  El pueblo ya temía hasta el sonido metálico de una cazuela contra otra y exigió al capitán y a los corregidores poner orden. 

Armadura de la Guardia Real ca. s. XVI


Decidieron entrar en la casa abandonada y sacaron la armadura para meterla a una celda de La Ochavada así el asesino se vería privado de su disfraz.  Pero hubo un asesinato más y la armadura volvió a su lugar de origen.  Viendo que había algo demoníaco en la armadura, se acordó que se volviera a recoger a la mazmorra y se le colocaran grilletes y guardias. 

Oscureció y la armadura, encadenada,  comenzó a quejarse.  El chirriar de los metales espantó a los guardias y pidieron ayuda.  Los corregidores vieron asombrados como la armadura volaba hasta donde las cadenas se lo permitían tratando de tomar forma.  El chirrido y el golpeteó del metal era infernal.  Algunos sacaron reliquias o agua de San Ignacio y la rociaban.  Eso parecía aumentar la desesperación de los hierros.  El terror se apoderó de todos.  Pero no la dejaron sola.  Estaban dispuestos a detenerla. 

Con la salida del sol.  La armadura se tranquilizó.  El Ayuntamiento (reunión de corregidores y Alcalde) decidió que la armadura se fundiría ante la presencia de un clérigo (él sabría que hacer).  Con el metal fundido se haría una Cruz ¿Acaso no era la Cruz del Redentor lo que más odiaba el Demonio? Habría que aprisionarlo y, tras fundir la armadura, se armó una cruz de gran tamaño.

Esa noche la armadura convertida en Cruz ya no se movió en su celda de La Ochavada.  Los corregidores, dando gracias a Dios por el remedio al mal que  los aterrorizaba  decidieron empotrar la Cruz del Diablo en un monumento.  Se eligió un lugar lejos de los caminos reales y en un escampado donde poco se sembrará.  Se anunció a la población que no se persignaran ante ella; que no le llevaran flores ni se le pusieran piedras de Padrenuestro.  La “Cruz del Diablo” permaneció siglos entre cementeras de maíz y cerca de los bosques. 

Cruz metálica fundida y armada en frío. Ejemplo de lo que pudo ser la Cruz del Diablo.
Imagen tomada del blog: La Ciudad Recobrada.



La historia fue olvidándose.  Las narraciones de apariciones fantasmales  violentas en la zona de la Cruz del Diablo se sucedían.  Nadie construía su casa cerca hasta que llegaron nuestros días y algún Cura decidió que había que cambiar el monumento de la Cruz que ya había perdido el mote “del Diablo”.  Algunas familias que conocían la historia levantaron la voz protestando y exigiendo que se dejara en paz el enmohecido metal.  El Cura ganó y cambió la Cruz del Diablo por una nueva.  Ante ella, los magdalenenses viejos ni se persignan, ni llevan flores, ni hacen reverencia.  Los que no saben le hacen fiesta.  El metal de la Cruz del Diablo se perdió o eso creemos.

lunes, 3 de abril de 2017

Mercedes, los ojos color de mar

“Hija mía tan querida
aman aman
No te eches a la mar.

Que la mar
Está en fortuna
Mira que te va a llevar”


Mercedes se llamaba la hermana de Esther Leal.  Sus ojos del color del mar querían abarcar el mundo.  La laguna de Magdalena ya no le llenaba.  Los lujos de casa y la liberalidad familiar ya no le satisfacían.  El mundo bullía alrededor y la muerte asolaba  invisible el aire.  La gripe española estaba arrasando los pueblos a la redonda. Dicen que cuando llevaban a un difunto al cementerio había que llevar una o dos mortajas más por aquellos que morían acompañándolo.

La muerte zumbaba en el aire.  Las balas revolucionarias se habían llevado a más de diez y otros se habían convertido en carne de cañón huyendo quizá de la peste.  La belle époque que prometía felicidad y progreso se había convertido en barbarie.   Mercedes escrutaba el paisaje con sus ojos color de mar. El mundo.  Su mundo se achicaba.

Una mujer en los años cuarenta se pasea por Trafalgar square
Por las tardes, con los lejanos ladridos de perros y cacarear de gallinas.  Se sentaba Mercedes en el lienzo de piedra.  A veces, un alacrán pasaba como corriendo, como si rezara con los brazos en alto.  Cerquita de ella pero no le importaba:
¿Qué habrá más allá de aquellas montañas?
 ¿Estás estrellas serán las mismas que brillan en otros cielos?
 ¿Cómo se escuchan los hombres hablando en otras lenguas?



Una mañana regresó el tío Eliseo contando las novedades de Guadalajara. 
Mercedes se atropellaba la lengua al  preguntar.
 Todo. 
Lo quería saber todo.
 Se le iluminaban los ojos color de  mar imaginando la serenata en la Plaza de Armas los vestidos  de las señoras y las peinetas de las “chinas tapatías” y las catrinas.
 Los modos de la Ciudad le atraían. Le comían el seso. 
Tomaba a Reyes y lo obligaba a bailar y a hacerse caravanas.


La calle Heróes en Gaudalajara cerca de 1910


Vivía solo cuando Esther era invitada a la Casa Grande en San Andrés.  Lloraba cuando no la llevaba.  Se escondía tras los lienzos cuando Esther y Tomás platicaban ya entrada la noche y repetía en silencio las palabras de ella. 
Los sábados por la tarde, cuando el sol todavía permitir ver los caminos.  Antes de prender las velas que anuncian la buena semana,  Tomás se montaba en su coche y daba una vuelta por San Andrés.  Los chiquillos lo seguían haciendo fiesta y sonreía.
Ante el portillo de Esther se detenía.  Esther lo esperaba muy catrina.  Siempre se detenía y la saludaba quitándose el sombrero.  
A veces le daba flores.

Un día Mercedes se cansó y dijo que se iba.  Lo dijo tan seria que nadie lo dudó.  Una tarde hizo un hatillo con sus cosas y nadie la detuvo.  El tren se paró en La Quemada y  Mercedes se fue.  Tomó para el norte.  Se perdió tras las montañas.  Luego, al año, llegó una carta diciendo que estaba bien.  Europa la había asombrado.  Poco después se corrió la cortina de la muerte. Su fe, sin duda la llevaría a ser pasto de las llamas.  Nunca supimos donde se cerraron los ojos color de mar de Mercedes Leal. Ya no cerró sus ojos antes las luces del viernes.  El calor de las dos luces ya no encendió su rostro.  La luz de la buena semana no calentó más las yemas de sus dedos.  No le dieron el derecho de una tumba ni de guardar su nombre.


domingo, 26 de marzo de 2017

Las pinturas perdidas

Casi todos los templos y conventos del siglo XVI tenían pinturas murales.  Las canteras nunca estuvieron desnudas como acostumbramos verlas  hoy.  Los canteros pensaron  y proyectaron su  obra para verla cubierta de estuco y coloreada.   Magdalena no fue ajena a la pintura mural.  Las naves del templo del Señor Milagroso estuvieron cubiertas de pintura que ha quedado oculta por capas de pintura vínilica tras la ampliación de la segunda mitad del siglo XX. 

El Convento de Acolman guarda aún sus murales en los colores que tuvieron los de Magdalena
  

En 2005 aproximadamente, se decidió enjarrar los muros del Curato adyacentes a la nave del  Templo (por cierto los más antiguos).  Los albañiles comenzaron a tirar el estucado original del Convento. Sobre el enjarre original se habían apilado las capas de pintura del siglo XIX y del siglo XX.  Accidentalmente pude observar  (no sólo yo) que, bajo las capas de pintura aparecían imágenes en blanco y negro correspondientes a pies y vestidos largos enmarcados con líneas azules y rojas.  Alarmado (al fin estudiaba historia) me dirigí a las autoridades eclesiásticas correspondientes.  Me acompañaron.  Vieron los pedazos de enjarre con pintura y ante ellos descubrí con las uñas unos 20 centímetros cuadrados más.  No había duda.  Bajo las capas aparecían unos trazos negros sobre un muro blanco enmarcado con cenefas azules y rojas.  Los pies de lo que parecían frailes o personajes vestidos con ropas largas como túnicas aparecieron claramente.  Nunca escuché la orden de “deténganse”.  Intervine dos o tres veces para que se detuvieran los albañiles y se descubriera al menos una parte de la pintura.  Raspar y al menos fotografiar lo que veíamos.  Silencio total.  Cruce de brazos.  “Vemos luego” y la conversación terminó.   Años después, mientras terminaba un trabajo universitario vi el ejemplar de una visita de la Real Audiencia practicada a Magdalena en 1614:

“El convento es de N(uestro) P(adre) S(a)n Fr(ancis)co y tienen la guarda de la Cura de Almas muy bien hecho de altos y en el patio grande hay una historia de S(an) Ant(oni)o y de La Magd(alen)a la de N(ues)tro S(eño)r o eso se me pareció que son como dibujos de gran tamaño hechos de buena mano y muy de verse”

Vissita del Gobernador de la Real Audiencia de la Nueva Galicia a las fronteras deste Reyno,  UNED, Guadalajara, Jalisco 1967

Había sido testigo de la destrucción de los murales del ex convento de Santa María Magdalena.  Una especie de desolación y de desgano me llevó a olvidarme de mi pueblo natal y lo hice durante un tiempo.   Si las personas designadas para resguardar el Patrimonio Magdalenense (ese que le costó a nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos porque ellos fueron quienes lo pagaron de su dinero, con su sudor y a veces con su sangre) no les importaba ¿Porqué había de preocuparme yo?

El Convento Franciscano de Cholula nos muestra un ejemplo de pintura mural.  Es lo más cercano que tenemos a lo que pudo ser el Convento de Santa María Magdalena.



Pero también a mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos obligados a ser católicos, les había costado la manutención del culto en Magdalena.  Así como también a tu abuelo, bisabuelo y tatarabuelo  (si es que eres de Magdalena) Entonces ¿Quién lo debe cuidar? Pues nosotros, los descendientes de aquellos que quisieron hacer de este pueblo una maravilla, un mundo nuevo, un lugar más cómodo para vivir.  El Patrimonio es nuestro.  Son nuestras calles, nuestras casas, nuestros templos.  En ellos vive el alma de Magdalena y solo a nosotros nos queda protegerlo.  El Patrimonio Cultural de Magdalena puede hacernos ricos, de hecho ya lo somos solo que no todos han sido capaces ni han tenido el valor de convertir en desarrollo social y económico la riqueza Patrimonial del Pueblo donde nacimos.

La Catedral de Guadalajara cuando aún estaba enjarrada y coloreada.