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miércoles, 2 de mayo de 2018

Los viejos arroyos de Magdalena


Sepan ustedes que los reyes no fueron tontos.  Al menos no todos y entre los primeros que nos tocaron emitieron reglas de cómo debían hacerse las calles y hacerse las ciudades.  Que debía haber dos “repúblicas” una de indios y otra de españoles.  Que en ellas debía conservarse de la mejor manera posible su forma de gobierno original y que la de los españoles debía ilustrar a la de los indios en su modo de vivir cristiano.

El 16 de julio del 2016, en plena inauguración del MIPAM, la lluvia bautizó el nuevo recinto cultural de Jalisco


Ya sabemos que los corazones humanos mueven siempre a otras cosas y no siempre ocurrió así. Pero si nos quedó el trazo de algunas ciudades y pueblos muy cuidados para que se pudiera vivir bien y de buenas según su clima.  Acá en Magdalena se hizo cuadrícula y se dejaron calles angostas respetando los arroyos naturales y calles anchas para que el sol y aire pudieran darle mejor vista y mayor limpieza para la "república de españoles".

En Magdalena siempre se ha tratado de controlar las fuerzas de la naturaleza: el aire, el viento, el fuego y la tierra.  Es algo inherente al ser humano.  Con los años, con la idea de “progreso”, se trató de controlar los arroyos de temporal de Magdalena y aquellos que eran permanentes.  Todos ellos eran fuentes que iban a dar vida a la laguna de Magdalena.

Hoy basta la tormenta  o una lluvia para soltar de nuevo las compuertas de aquellas fuerzas que antes le dieron vida al pueblo y que hoy, para muchos, son estorbo.  Así con las primeras tormentas que descargan en el cerro de Santa María Magdalena o en el Viejo, saltan de nuevo las fuente primitivas de Potrerillos, el Tepiolole, el Tempizque, la Raya, las Tarjeas del Agua o el Pile. 



Aquellos permanentes del Ojo de Agua y del Tacotal siguen reventando día y noche marcando los límites de los viejos reinos de la Nueva España y de la Nueva Galicia. Todas sus aguas se juntaban por allá al sur en un lugar que por tantos juncos y carrizos le decían “Las Cañas” y que quizá derivó en la Cañita.

Esos arroyos cuyos nombres están por olvidarse y que dieron nombre a las calles por donde aún pasan dan testimonio de las palabras de Suarez de Peralta cuando en 1541 llegó a estas tierras:

“bastante de verdura y flores, apacible y llena de fuentes de agua por donde se vea tiene una gran laguna arrimada al sur que va derecho a Yssatlan y contiene yslas.  Por ella van los yndios en balsas grandes hechas de troncos que bajan de las sierras y son tan suficientes y diestros que pueden caber veinte dellos de pie y hay otras con gran embeleso llena de todos los frutos de estas tierra que van y vienen entre ellos para mercar”.





miércoles, 18 de abril de 2018

Los confetis de la Virgen del Pueblito



Su papá estaba enfermo.  Tenía ya tiempo al borde de la muerte.  Por la mañana rezaban para que lllegará a ver la luz de las estrellas y cuando cerraba los ojos rezaban para que volviera a despertar.  Ya no pedían que estuviera bien.  No rogaban que por su cura solo imprecaban que no se muriera.

Tirado cual costal de huesos con el que la muerte se deleitaba y se divertía, tenía los verdes ojos apagados.  Una pequeña tela transparente parecía que los había cubierto.  La fiebre vespertina hacía brillar los músculos morenos grabados por el trabajo.  El escalofrío le recorría el cuerpo y temblaba. 

Así pasó los rigores del invierno. Respirando con dificultad.  Sintiendo que en cada exhalación se le iba la vida y ante los ojos de sus hijas e hijos se disminuía cada vez más.  Pero los potentes músculos se recuperaban en momentos.  Se obligaba a comer “aguado” y bebía en demasía.  Así había llegado hasta las vísperas de la Cuaresma.

Una de sus hijas, desesperada,  resentida por el sufrimiento del padre emprendió con ojos llorosos un camino, ya con el sol cayendo y a pie, a Magdalena.  Vió los últimos rayos del  sol reflejarse en la moribunda laguna que tanto han violado y pisoteado los que tanto le deben a la tierra.

Apenas descansó en la plaza.  Tomó un refresco.  Se descalzó y se sobó los pies ajados por el camino.  Ya se veía a los magdalenenses partir al sur, a San Juanito.  Tenía dos opciones: pasar la noche allí y levantarse muy temprano para alcanzar a los romeros antes del alba o emprender el camino. Decidió el segundo.  Se unió a unos conocidos que portaban hachones.  Pronto dejaron atrás el caserío y se perdieron en el bosque trazando una especie de serpiente luminosa que reptaba hacía San Juan.

A medianoche alcanzaron la meta. Le rentaron unos petates y trató de descansar y de tanto en tanto pensaba si su padre era acaso ya muerto y se quedó dormida.  No escuchó el repique matinal.  No se dió cuenta de la salida de San Francisco cubierto de lienzos morados.   Ni siquiera sintió el de tropel de peregrinos acompañados en cantos que llevaban ya la milagrosa imagen de la Virgen del Pueblito a Magdalena.

Una mujer de San Juan la despertó y con ella corrió, limpiándose los ojos, a la retaguardia de la romería que trasladaba la Imagen.  Cuando alcanzaron La Joya apenas probó bocado: unas gorditas de San Juan y un café; cortaron un montón de arrayanes y un alma compadecida le dió unas guayabas para el camino. Se internaron el espeso bosque con los peregrinos retrasados.  Subieron la loma y al bajar pudieron ver que la Imagen ya desaparecía en el Ixtetal.

Cuando ellas llegaron ahí, sus huaraches ya no resistieron y se vencieron ante el filo ingente de la obsidiana.  Su pies sintieron el fragor de la tierra caliente.  A pesar del rebozo el sol les calaba y se hacían sombra con una rama de laurel.  Apretaron el paso y por fin alcanzaron a la Virgen del Pueblito cuando ya había sido colocada sobre la su peana de San Francisco. 

Los devotos se arremolinaban tratando de tocar la imagen con cierta devoción.  Ella, desesperada sentía que si se acercaba y tocada al menos la cauda su padre sanaría y se arrancó a empellones en la nutrida procesión.  Tan sólo alcanzó a tocar la peana de San Francisco y se hizo de un puño de confetis de colores.



Sin soltar su tesoro tomó camión a Tequila.  Su padre respiraba penosamente y la veía con ojos enfebrecidos.  Había dejado de hablar porque le cansaba.  Las lágrimas rodaron sobre las mejillas del enfermo.  Sin dar explicaciones ella llenó un pocillo con agua y lo puso a hervir.  Le arrojó las hojas de laurel que llenaron de aroma las estancias y adorno la pócima con los confetis que había quitado de la Virgen del Pueblito.  Dejó que bajara la temperatura y esos breves minutos le parecían eternos.

Todos en casa hablaban en voz baja.  Con la taza en las manos entró a la habitación del padre enfermo.  Se armó de valor. Se sentó a su lado; le quitó la camisa y se dio cuenta de que ardía en fiebre y sudaba a chorros.  La silueta de su padre se recortaba en la sábana blanca marcada por el humor de la enfermedad.  Seguía fuerte pero lo sintió ligerísimo al ayudarle a incorporarse un poco.  Su padre lo veía con ojos de dolor y de ternura.  Poco a poco bebió la pócima de laureles y confetis y al terminarlo un período de tos lo convulsionó.  Escupió varias veces en el suelo flemas raras de color impreciso.

La tos lo cansó y su hija lo volvió a recostar.  Para ese instante estaba ya la madre y algunos hijos a la puerta de la habitación.  Silenciosos y resignados.  Durmió que parecía ya muerto a no ser por la respiración dificultosa y sonora que poco a poco fue amainando.  Cayó la tarde y no despertaba.  Lo hacían ya muerto. 

El primer lucero se elevó en el caliente cielo tequilense mientras silenciosamente, casi fúnebres cenaban los familiares del que creían que iba a morir en cualquier momento.  Un sonido de arrastre los sorprendió: en el umbral de la cocina, cansado, con los fulgurantes ojos verdes estaba papá de pie sonriendo pidiendo un pan y un poco de leche.


Y aún las palabras de Eustolia Flores resuenan en quienes la escuchamos: “y agarre con el puño lo que pude que fue un montón de confetis con los que sabía que mi papá había de curarse”.

viernes, 27 de octubre de 2017

Una cruz acuchillada tres veces...

De muy reciente creación, el actual Cementero Municipal de Magdalena no está excento de leyendas e historias. De recién abierto allá por los años de 1930 y algo, le fueron transferidas lápida y restos de algunos magdalenenses cuyos familiares no querían que el descanso de los suyos fuera perturbado por la destrucción del Cementerio anterior ubicado donde hoy está el Centro de Salud  y la plazuela de San José

No tardaron en ir llegando los nuevos vecinos a este Cementerio que fue también testigo de algunos fusilamientos cuando aún se levantaban.  Ya tendría unos 30 o 40 años cuando llegó Esther Leal a ocupar su descanso.  La tierra recibió su cuerpo entre el llanto de su hija, sus nietos y su hermano Eliseo.  La que había tenido en un puño de su mano todo el mayorazgo de Orendaín fallecía sin la pompa que era característica de su tiempo.  En un sencillo ataúd fue colocado el cuerpo que causó pleitos entre los hombres y habladurías entre las mujeres. 



Quizá algunas sencillas azucenas que tanto quería y que en su honor Tomás Orendaín había hecho plantar en las veras de los arroyos de San Andrés la acompañaban. Su despedida religiosa fue un forcejeo con el Cura.  En pleno Atrio Eliseo arrancó de su ataúd la cruz que lucía.

En su casa, construida lejos, lo más lejos posible de Magdalena sin quedar fuera se había colocado un vaso de cristal tras la puerta; los espejos permanecían cubiertos y sus fotografías guardadas bajo llave.  8 días mínimo llorarían su ida.   Amparo, su hija, prorrumpía su nombre por las noches dirigiéndose a los frondosos árboles de los cerros que rodeaban la propiedad.

Al tercer día fue Eliseo al Cementerio.  Estaba renuente a poner una Crucifijo en la tumba de Esther pero debía marcar su lugar para que se conservara su recuerdo.  No supo que a lo lejos venía Isidoro Rodríguez, el mulato que siempre la amó.  Con cal y anilina, Eliseo marcó una cruz de dos trazos de brocha sobre el desnudo muro de ladrillo.  No se atrevía a poner una cruz sobre la tumba de su amada hermana.  Aún la cruz le causaba pesar  y sacando una daga de su abrigo le dio tres cuchilladas al brazo derecho.  Isidoro se asustó a lo lejos.  En Magdalena no había quien hiciera lápidas para poner su nombre y Eliseo enfiló de nuevo cayendo la tarde, el camino que lo llevaría al pueblo.  En la noche fue interpelado por Isidoro acerca de la ausencia de una cruz en la tumba de Esther.  Eliseo se negó a ponerla una y otra vez.  Isidoro salió hecho un demonio de la casa.

Antes de cumplirse los nueve días volvió Eliseo al Cementerio y vió que la Isidoro había puesto una cruz de metal fundido con un crucifijo barato.  La colosal fuerza de Eliseo cayó en ese momento.  De nuevo encerrado.  Siglos de persecución le cayeron encima y a pesar de lo que había ocurrido en el mundo el pueblo de nuevo le negaba a ella a su hermana y con ella a toda su familia una tumba según su tradición.  Se arrancó un pedazo del abrigo, rompió un poco del vestido de su sobrina Amparo y arrancó botones a la camisa de su sobrino y al vestido de su sobrina.  Resistiendo un grito interno sacó de nuevo la daga y marcó, en los brazos de la cruz de metal, las iniciales E. L. B.  A la puerta del Cementerio le dio unas monedas al camposantero y le ordenó que, por nada del mundo, permitiera que se borrará la Cruz pintada en el muro de ladrillos golpeada tres veces por una daga y que indicaba la dirección donde estaba la tumba de Esther Leal. 

Allí, a la derecha, a unos metros de uno de los ingresos del Cementerio de Magdalena, se ha conservado una cruz con tres cuchilladas.  Signo de una resistencia silenciosa.



martes, 5 de septiembre de 2017

La venta del alacrán

Hubo, durante muchos años en Magdalena, una casa a donde acudían los padres de la Compañía de Jesús cuando iban camino al Puerto de San Blas de donde salían a sus misiones del norte.  Las sótanas negras cubiertas por negras capas eran cotidianas.  Por aquellos años anteriores a 1763 (que fue cuando el rey Carlos III los expulsó del Imperio) desde los más ricos hasta lo más pobres asistían a pedir auxilio o consejo a la Compañía de Jesús.  

Su casa, más que convento, parecía una casa común, como la del resto de los habitantes ( de los habitantes ricos claro ).  Las noticias del norte y del sur se cruzaban en las salas de la Compañía en Magdalena.  No era raro que el naufrago, el defraudado o aquel que había quebrado llegara a su casa pidiendo consejo y capital para volverse a poner a trabajar.

Ocurrió que llegó un hombre (de cuyo nombre no es que no queramos, pero no guardamos el nombre) que había invertido todo cuanto tenía y con ello el de cuatro poderosos amigos en unas mercaderías que le llegarían por la Nao de China.  Como suele suceder, la desgracia ocurrió y la inversión en mercaderías se perdió.  Quizá la tomaron los piratas o los mismos marineros la robaron o pudo ser también un tifón que hizo que la Nave se perdiera.  El hecho es que nuestro mercader estaba harto preocupado y recurrió a la Compañía de Jesús.

Lo recibió amablemente el administrador y le ofreció chocolate para contar sus penas.  Largo rato estuvieron platicando y el administrador se vió condescendiente y decidido a ayudarlo hasta que el mercader externó la suma exorbitante  de dinero que debía pagar solo para saldar las deudas a sus socios.

Nuestro mercader estaba preocupado porque las malas lenguas pueden más que la falta de pesos en cosas de negocios y las murmuraciones de su quiebra y de la pronta venta de sus bienes para costear la cuantiosa deuda, era ya comidilla común.  El Padre abrió una ventana de la Casa y escucharon las murmuraciones de unas mujeres que ya ponían precio hasta las sábanas de las camas del mercader.

-Murmuran como víboras- dijo el mercader.

 El jesuita le pidió que le mostrara el talego donde el mercader cargaba sus monedas.  Unas últimas monedas eran una pequeña fortuna aún: 

-Estas víboras te han de devolver lo perdido ya verás-

El padre le ordenó al mercader seguir su consejo.  Con lo que había aún en aquella bolsa de terciopelo se pagó pólvora, música y un fastuoso banquete para los principales magdalenenses.  Acróbatas  y cera  se gastaron desde que declinó la tarde y en poco tiempo se olvidaron de la próxima quiebra del mercader.  En una mesa contigua a la de los señores ricos y principales, se había establecido una mesa para los pobres.  Tras el correr del alcohol, unos y otros olvidaron sus diferencias.  En un momento dado, el jesuita llamó la atención del mercader sobre un magnífico alacrán que subía sobre una de las paredes.  En verdad era magnífico y enorme. 

De un solo movimiento, casi calculado, el jesuita tomó el alacrán por la cola y lo metió al talego del mercader:

-Hay que dárselo al mejor postor pero lo has de regresar sin premura tras pagar tu deuda-


El mercader pensó que como charada iba a conseguir algunos pesos y llamó la atención de todos para poner en venta el magnífico ejemplar:

-¡Ea Vuesas mercedes! ¡Vean la novedad que acá les tengo!  Esta tierra tan rica que tanto nos ha dado ha sido condescendiente hasta con las alimañas más ponzoñosas y no, no señores míos, no me refiero a los bellos ejemplares de lengua bífida que tan bien conocemos, sino a otro tipo tan peligroso que con tan solo ver su brillo nocturno y escuchar su pesada armadura silbar nos causa terror.  Hoy he recibido el más magnífico de los alacranes criado por estos suelos y lo pongo a consideración del que mejor lo quiera pagar –

Diciendo esto puso frente a las mujeres la bolsa de terciopelo en la que se removía la alimaña tratando de salir causando miedo a quien se le acercaba.

Sobre un platón de plata abrió la bolsa pero el alacrán no salió.  Todas las miradas estaban puestas sobre los movimientos del mercader.  Tomó por la esquinas la bolsa y la sacudió con cierta fuerza.  Un sonido metálico acompañó al grito sorprendido de los convidados.  Ante ellos un alacrán en oro cincelado, detallado con filigrana de plata y adornado con ambares y perlas yacía con las patas arriba.  Sorprendido el mercader buscaba la mirada del jesuita.  Un impulso lo hizo ponerlo de pie mostrando toda su belleza.



Esa noche el mercader consiguió doblar la cantidad de su deuda empeñando la joya.  Se aseguró de que sus  acreedores no la vendieran ni le hicieran daño alguno.  Pagó las deudas y logró doblar el resto y aún quedarse con ganancia.  Volvió a su casa pago la cantidad empeñada y recuperó el alacrán negándose a venderlo por cantidades tan grandes como la que fue entregada al principio. 


Con la joya en la bolsa se dirigió a la Casa de la Compañía.  El jesuita ya lo estaba esperando.  Más agradecimiento no se ha visto en el rostro y ademanes de un hombre.  Hablaron sobre como se había librado de la quiebra y por último le dio el alacrán de oro al jesuita.  El padre lo vió por arriba y por abajo, por un lado y por el otro.  Al mercader le latían las sienes ¿acaso faltaba alguna piedra? ¿Habría sido falsificado? El jesuita sonrió y se dirigió a la pared más cercana, tomó al alacrán por la cola y lo acercó al muro.  El alacrán, como despertando de un letargo, se aferró al muro y comenzó su camino como si nunca hubiera sido una joya.

domingo, 9 de julio de 2017

Cíclope o Golum en las palabras de una magdalenense

-No había nada en el mundo.  Es difícil imaginar que no había nada.  No había color, ni montañas, ni cielo, ni agua, ni nubes.  Solo Él y con el batir de sus alas le seguía una infinidad de ángeles.  Como una brizna de fuego surcaba la oscuridad rasgándola.  Y luego todo Él (su amor) explotó de tanto serlo y se creó el mundo.  Tomó entonces el polvillo que surge de las primeras lluvias. El polvillo que flota en el aire húmedo y a la luz de las estrellas le dio un ánima y le sopló su vida y fue creado Adán y con él Eva-

Así recuerdo como mi abuela materna Amparo Leal, me contaba la Creación y luego, extendiendo los brazos me contaba para explicarme como existía el mundo:

-Él extendió su tienda de color azul (y levantaba los brazos al cielo) y puso en ella una salpicadura de estrellas (y como si empuñara un pincel aventaba chorros de pintura) y al sol y a la luna a sus horas.  Hizo bajar el agua de los cielos y los mares llenaron las cañadas.  Luego nos vió a nosotros y nos habló y se hizo un jardín para Él solo y donde habitáramos todos.  Levantó una torre como un castillo en medio y desde ahí  la cuidaba.  Es tanto su amor que nos la dejó en encargo.  Pero su jardín ha dado frutos amargos porque ha tenido malos administradores y malos capataces.  Aún así espera con paciencia eterna que todo florezca como Él quiere-

Luego, sin mediar palabra me hablaba del “Cíclope” pero no era el Cíclope heleno.  Este era un ser hecho de barro casi como una persona pero no tenía alma ni podía hablar.  Se había hecho por manos de hombres para proteger el jardín del Creador.  Como era de barro húmedo podía tomar la forma que se le pidiera o la que le conviniera.  A veces un gato, un perro o una persona pero sin alma porque espíritu, si tenía,  era el espíritu que solo le podía transmitir el hombre usando el Nombre del Creador.  Golum se llamaba y cuando aparecía como hombre parecía que solo tenía un ojo por que tenía una sola ceja, pero no hablaba. 

Al solo mencionar su nombre aparecía entre las vasijas de la cocina.  En las ventanas aunque estuvieran tapiadas o cerradas o se oían sus pasos por los tejados y los techos.  La vida del Golum era fugaz como la vida del hombre.  Porque el hombre tiene espíritu, chispa divina, pero esa chispa divina no es bastante ni suficiente para darle la vida entera a otro ser vivo del modo en que el Creador lo hizo.

El Golum solo obedecía órdenes pero era muy tonto.  Todo se le tenía que pedir por escrito o decírselo directamente a la cara pero, para que obedeciera había que escribirle la Verdad en la frente y luego, en un papelito, se escribía la orden de lo que iba a hacer.  Pero había que tener mucho cuidado.  Una vez una mujer, desesperada por una sequía, le escribió “Trae agua del río” y el Golum rápidamente buscó el río caudaloso más cercano y cavó una zanja que desvío el río hasta inundar el pueblo.  Los hombres entonces buscaron desesperadamente al Golum y tuvieron que escribir en un papelito que le pusieron en la boca (otros dicen que fue en la nariz) que se detuviera para evitar mayores desastres.

El Cíclope también defendía a su gente pero, al pedírselo había que darle una lista con los nombres de aquellos a los que debía defender y otra lista de los que podían ofender.  Así que en las listas se tenía que poner:  “Cuidar vida, hacienda, cosas, familia y trabajo de Fulanito de Tal que vive en tal lugar y su esposa se llama Manganita de Tal con hijos de nombre Perenganito y Sutanito  que viven en la casa roja de dos plantas cercana a la plaza principal porque Periquillo Malatesta….” Y así tenía que ser la orden muy específica.

Golum era tan parecido a nosotros que si te lo topabas en la calle no veías diferencia contigo o con otros y otras.  Porque a veces era hombre o mujer.  Lo más raro era que no te saludaba (y se llevaba un dedo a la boca en señal de silencio y cerraba los ojos). Cuando no sabías de Golum te asustaba porque sabías que te habías encontrado con algo extraño que no tenía espíritu.

Golum era muy fuerte pero también se detenía si se le cubrían los ojos porque lo que escuchaba le confundía y no muy pocas veces, cuando le cubrían los ojos, caía estrepitosamente y hubo veces en que mató o lastimó por accidente a algún caminante o vecino que se topó con él mientras traía los ojos cubiertos.

El Cíclope solo podía vivir con palabras ya sea que se las escribieran (aún la recuerdo haciendo una señal con mano derecha como empuñando una pluma escribiendo en el aire) o que se las dijeran de buen modo.  Con santo y seña porque si no se equivocaba.  Un día se juntaron todas las familias y principalmente las mujeres porque los hombres no dejaban en paz a Golum.  Lo traían de allá para acá, de arriba abajo cumpliendo las labores que los hombres debían hacer y donde hay flojos se trabaja doble.  Los contratos se cerraban mal, las tierras se habían cultivado de manera deficiente y  Golum era malo para leer así que los maestros y licenciados enseñaban mal.  Entonces la junta decidió que Golum debía ser guardado en una enorme caja de madera y que sólo la Junta podría pedir su ayuda  si se veía en peligro. 

El Golem en la leyenda judía fue un ser creado por uno o varios rabinos.


Fue entonces cuando,  entre lágrimas, Golum se sentó por última vez entre todos.  De alguna forma era su creación, todos lo querían, todos tenían una historia que contar con él.  Como áquella vez que otra mujer desesperada le escribió: “Traéme a mi hijo de las orejas” porque se le había perdido y Golum desesperado iba casa por casa preguntando a los moradores si conocían al hijo de la Señora “Orejas”.  De todos modos el hijo apareció.

Así, esa tarde, se votó para que un anciano, uno solo, escribiera sobre la frente de Golum la palabra “muerte” y cuando se acercaba, su mujer le dijo que no la escribiera sobre la frente sino que la escribiera sobre un papel y se la pegara en la frente porque, al pasar del tiempo, la palabra se haría dura y difícil de quitar. Cuando le pusieron el papelito en la frente, Golum se desplomó ante todos, lo metieron en la caja y le pusieron llave.  Lo querían subir a un ático pero luego decidieron que mejor sería meterlo en un sótano y le dieron la llave de la caja al hombre más confiable de la Junta.


Dicen que Golum sigue guardado en su enorme caja en algún sótano de algún lugar que se ha olvidado.  El prohombre que guardaba la llave la perdió en un naufragio pero, con todos estos años que han transcurrido,  la madera que cubre al Cíclope o Golum debe estar ya vencida.  Solo será cuestión de toparse con él y quitarle de la frente el papelito que dice “muerte”.

miércoles, 14 de junio de 2017

El Caballito

¿Qué tan caprichosa puede ser la naturaleza formando imágenes cotidianas?  Hacía el poniente de Magdalena se extiende una maravillosa formación rocosa sobre la que parte del pueblo ha asentado, con riesgo de su vida, su habitación.  Hace años, parte de sus simas fueron bañadas por el agua opalina de la Laguna de La Magdalena.  Allí se yergue magnífico El Caballito,  una colosal imagen coloreada de modo natural por los escurrimientos de las aguas de Magdalena a las que tanto debemos y a las que hemos, ingratos, conjurado.

Nuestra narración inicia cientos de años atrás y al otro lado del mar, en Barcelona.  Un enorme Dragón asolaba las ciudades costeras del Mediterráneo.  Ninguna plegaria, ningún santo pudo detener su camino de bosques y simientes quemadas hacía el puerto español.  Batiendo sus alas, el calor se comenzaba a sentir.  Cualquier viento raro parecía anunciar la preencia de la  mortal Bestia cuya piel no podía ser  traspasada por arma alguna hecha por mano humana.

Un mediodía, los campesinos corrían a protegerse tras las murallas barcelonesas y al ver el pánico en sus rostros, las campanas de los templos comenzaron a tañir  llamando a todos a alcanzar la seguridad detrás de sus murallas.  Horas después, expectantes, desde lo alto de las murallas, los habitantes pudieron ver arder sus cosechas y los bosques circundantes.  El enorme dragón cuyas escamas brillaban como el oro a plena luz del día exhalaba fuego que consumía todo a sus alrededor. 

Pasaron los días y el Dragón pareció satisfacer su hambre con los ganados montunos y los privados.  Desde lo alto de las torres, la muralla y el castillo los pobladores veían como los animales del bosque huían en riadas.   Tras la seguridad de las murallas el hambre comenzó a asomarse.  Uno de esos días cuando las provisiones de la Ciudad casi desparecían, el monstruo avanzó hacía la ciudad.  Todos lo sabían, el Dragón los devoraría.

Los gobernantes de la Ciudad, alarmados, reunieron a las cortes ante el Conde.  En su desesperación decidieron que se hecharía a suertes la vida de uno de sus jóvenes habitantes quien debería presentarse como víctima ante el Dragón.  Solo así, sentían, podía salvarse la Ciudad.  Y hecharon suertes y tocó a un avezado soldado que, despojándose de su armadura camino, ante la mirada de todos, al encuentro del feroz Dragón.  Tras el dramático banquete, la Bestia se retiró dando tumbos y se perdió.    Los barceloneses se creyeron salvados.

Al año siguiente, cercana la cosecha, cuando el campo quemado volvío a vestirse de mieses y el ganado empezaba a crecer nuevamente, la Bestia volvió.  Las Cortes repitieron el sangriento sacrificio y esta vez entregaron a una joven.  De nuevo el Monstruo se retiró.   Ahora sabían que tendrían que hacer un sacrificio anual. 

Llegó la siguiente cosecha y antes de sorprenderse, las cortes volvieron a hechar suertes y mandaron su sacrificio.  Ningún habitante de la Ciudad estaba exento del cobró del Dragón.   Nobles y plebeyos participaban en la mortal lotería y así, durante casi 30 años o más, los barceloneses tuvieron que entregar a alguno de sus más preciados jóvenes hasta que tocó un año en que, el nombre que surgió, dolió a todos.   Desde el Conde hasta el más mísero habitante del burgo barcelonés lloraba porque debía sacrificarse la hija del mismo Conde: doña Blanca  y  la Ciudad se deshizo en llantos y clamores a D-os.  Los principales ofrecían cambiar a doña Blanca por sus hijos o por dos o por tres de ellos pero doña Blanca estaba decidida y ella sería la siguiente víctima.

Llegó el fatal día y el Monstruo  aparecería sobre el bosque y la Ciudad lloraba vestida de luto.  El Conde se deshacía la cabellera desesperado y daba su corona al caballero que pudiera matar a la fiera Bestia sin obtener respuesta.  Todavía de mañana,  se abrieron las puertas del castillo y apareció doña Blanca ornado el largo cabello de flores multicolores y un vestido tan blanco como su nombre ceñido a su cintura con un largo listón azul que arrastraba.  Avanzó con entereza por las calles de la Ciudad acompañada del llanto de todos.  Se abrieron las puertas de la muralla y salió al campo.  La Ciudad se había volcado sobre las murallas y, a cierta distancia, doña Blanca se despidió entrando al espeso bosque.   Un viento de muerte atravesó del bosque a la Ciudad.

En el bosque, doña Blanca se encontró a un apuesto joven vestido tan solo de camisa, pantalón, botas y montado sobre un corcel sin montura.  Sin apearse, el joven entabló conversación con ella y la acompañó por el bosque.  Doña Blanca le explicó su situación diciéndole que había decidió salir a buscar ella a la Bestia porque no quería que su padre fuera testigo del cruel momento en que sería devorada.  Sin darse cuenta,  doña Blanca y el Joven dieron con la guarida del Dragón dormido aún.

Sant Jordi en un monumento en Barcelona


La Joven se despidió del caballero pero él le sostuvo la mano.  Ella se empecinó en avanzar a la Bestia y él la contuvo llevándose un dedo a los labios.  La estrechó contra su cuerpo y en un ágil movimiento retiró el listón que le ceñía el vestido.  Sorprendida doña Blanca, preguntó en un susurro el nombre al joven: - Jordi­- le dijo y de modo ágil se avalanzó sobre el Dragón dormido y pasó el listón por su cuello dando el extremo a doña Blanca. 

Sorprendida la Bestia despertó y se sintió domada por mano humana.  Doña Blanca asustada no sabía que hacer.  Jordi la tomó de la mano y le instó a no soltar el Dragón.  Así,  el Dragón con el listón al cuello seguía a doña Blanca quien iba de la mano de Jordi y este llevaba a su caballo con la otra mano.   Barcelona estalló en un grito de alegría al ver la vuelta de doña Blanca acompañada del apuesto príncipe.  Se abrieron las puertas de la muralla y, por primera vez, los barceloneses podían tocar a la Bestia que los había espantado por años.

En la estampa,  San Jorge asesina al Dragón ante la mirada de doña Blanca, al fondo Barcelona y sus murallas.


Pero la paz tenía un precio y había que pagarlo.  Blanca no podía soltar al Dragón a no ser que se casará con Jordi.  Como en toda tragedia, el Conde y la nobleza se opusieron a la boda de la princesa digna de un rey pero no de un desconocido.  Jordi montó su caballo e invitó a Blanca a subir en él y soltar el Dragón.  Ella se negaba a hacerlo porque eso significaría la destrucción de su Ciudad pero quería irse con Jordi.  Entonces, casi de un salto, en medio de la discusión de la nobleza, montó en el caballo con Jordi sin soltar el Dragón y avanzaron camino al mar y allí se perdieron.

Cientos de años después la historia se siguió y se sigue contando y cada héroe de Barcelona se llama Jordi y a veces Sant Jordi.  Cuando los europeos llegaron a América y encontraron el lago de La Magdalena con un caballo pintado de modo no humano en un farallón, no pudieron menos que recordar la leyenda de Sant Jordi , doña Blanca y el Dragón que un día desaparecieron camino del mar y le llamaron cariñosamente “El Caballito”.

Por si fuera poco, en el mismo macizo donde aparece figurado El Caballito hay un géiser cuyo bramido puede escucharse aún hoy al caer las tardes recordando al bramido de una Bestia antigua que duerme encerrada por la piedra y vigilada por el Caballito de Sant Jordi .  Si un día, el Caballito baja la pata delantera (que la tiene en alto) será sin duda para avanzar y con su paso pétreo romper la roca que guarda al antiguo Dragón.  El Dragón despertará y en una explosión de agua inundará lo que esté a su paso claro está, Magdalena.

Hemos señalado en un círculo la formación rocosa de El Caballito de Magdalena para facilitar su visiblidad.


Nuestros abuelos iban de día de campo al Caballito hace ya muchos  años.  Desde allí veían el oleaje de la antigua Laguna hoy seca para beneficio de unos cuantos y rememoraban la leyenda que acabamos de narrar de un modo o de otro.  De camino a casa no paraban de rezar:

“San Jorge bendito, amarra a tus animalitos con un cordón bendito”

sábado, 13 de mayo de 2017

Segismundo Sagaste corre por los campos de Magdalena

¿Has visto como vuelan unos hilillos de polvo que surgen casi de la nada? En esta temporada de estío es común en Magdalena que las polvaredas acompañen las tardes calurosas.  Son así de calientes luego de la desecación de la Laguna de Magdalena.  Ni modo.  Fue triunfo para unos cuantos y desastre para la mayoría.  Pues bien, esas polvaredas repentinas se originaron hace mucho tiempo como castigo a Segismundo Sagaste. 

Alto y muscular, un poco pelirrojo, Segismundo Sagaste se había iniciado en la cacería casi desde niño.  Los zitos caían por cientos en sus redes. El arco suplió a la resortera en su adolescencia.  Ya mayor los animales comenzaron a reconocer su pisada y a tratar de huir porque no lo lograban.  Poco a poco Segismundo se hizo de un grupo de hombres y mujeres que talaban bosques y los quemaban con tal de acorralar las piezas de caza que luego serían devoradas y sus pieles y restos mostradas como trofeos de caza.

Cazador por Joaachim von Sandrart




La espesura de la selva magdalenense y circundante comenzó a medrar y los animales fueron desapareciendo gravemente.  Un buen día,  los pocos animales acudieron en  tropel al Creador para darle la queja y es que Segismundo Sagaste y sus amigos estaban por hacerlos desaparecer.

Y ocurrió que a la mañana siguiente iba Segismundo Sagaste tras sus lebreles, con arco en mano, hacha en la cadera y botas altas.  Llevaba de la brida a su caballo y era seguido por su séquito de cazadores.  A lo lejos vió un hermoso venado.  Altivo, el venado le fijó la mirada al cazador.  Por alguna razón los lebreles no le habían alcanzado. Luego de cruzar las miradas el venado comenzó a trotar en el sentido contrario a Segismundo.  Sagaste montó rápidamente seguido por sus cazadores pero el venado no huía.

En la espesura de las selvas del Bermejo se perdió el magnífico animal y Segismundo no dudó en entrar a buscarle.  Ya se imaginaba las magras carnes al fuego, el olor, el sabor, la piel en alguna capa o en unas botas y la cabeza, disecada, colgada como trofeo.  Ninguno de los acompañantes le siguió.



En un claro apareció una cascadilla que nunca había visto.  Un laguillo se hacía en el vaso donde las gotas de agua caían por millardos y ahí, casi al alcance de la mano, el venado.  Tensó el arco, dispuso la flecha y el venado volvió a verlo a los ojos.  Sorprendido, Sagaste, dejó caer el arco y se puso de rodillas.  Sobre la frente del animal una cruz brillantísima se había colocado.  Una voz antigua le reclamaba:

-¿Por qué destruyes lo que yo he creado?

Los cabellos se le erizaron, un sudor frío recorrió su cuerpo y no podía moverse.  El venado coronado por la cruz se acercaba con paso seguro.  Estaba como una estatua.  Pánico se apoderó de él:

-¡Ni una pieza más ni para ti ni para los tuyos! ¡Ninguno de estos animales morirá por tus armas o yo te cobraré caro por su vida!

La oscuridad a pleno mediodía se hizo para él.  Confundido y tembloroso avanzó sin saber a donde hasta que lo encontraron sus amigos.  No entendían lo que le había pasado.  Tres días estuvo pasmado en casa con peligro de muerte.  Por fin se levantó y preparó sus armas.  La alegría volvió a su casa y sus amigos se prepararon para salir de cacería.  Segismundo se negó.

La selva volvió a bullir de vida.  Los bosques cercanos se llenaron de nuevo de las bestias que antaño la habían poblado.  Vagaba el cervatillo con su madre, las liebres, los pumas, los osos, armadillos, tejones, coyotes, lobos y jabalíes.  Sagaste iba de vez en vez al bosque y las liebres y los cervatillos corrían ante él sabedores de que nada les iba a hacer.

Pasaron los años y una tarde, celebrándose una misa en el campo, poniéndose de rodillas se le presentó la más poderosa liebre jamás vista.  Altanera alzó las orejas ante él y sin miedo alguno se puso entre el Cura y Segismundo.  Un impulso alzó su brazo, como un resorte retiró la flecha del carcaj y tensó el arco.  Justo se elevaba la hostia consagrada cuando la punta de la flecha apuntaba al precioso animal.  Raudo corrió y Sagaste se levantó tras él.  Siendo mayo, el polvo que levantaba la liebre huyendo de Segismundo y Sagaste corriendo tras la pieza se levantaba en alto.  En vano le gritaban a Sagaste que se detuviera.  El impulso humano pudo más en él que el temor al castigo.


Cuando en el campo te encuentras con un hilillo de polvo como marcando un camino, es Segismundo Sagaste que, castigado por el ciego deseo de hacer voluntad en contra del Creador, sigue corriendo eternamente tras la liebre a la que nunca dará alcance.  A veces, la liebre se detiene a descansar y Segismundo se enfrasca en una lucha con ella y entonces el polvo hace remolinos tan altos que llegan al cielo.


Fotografía tomada de mexico.pueblosamerica.com

martes, 18 de abril de 2017

487 aniversario de Magdalena

487 años que son solo parte de un largo camino.  Magdalena, Corazón del Paisaje Agavero es el pueblo más antiguo del territorio que compone la Declaratoria de la UNESCO en 2006.  Este será un blog un poco diferente.  En este contaré el porqué de la confusión con las fechas y la “fundación” (y porque nunca la hubo).

¿Porqué el 18 de abril de 1530?  Lo cuenta Fray Antonio Tello (aunque luego se hace bolas para defenderse ante la Corona Española y eso es cuento aparte) y dice que:

“Tres días después (de que se congregaron los indios de Temanyca para fundar Tequila, 15 de abril de 1530) se dirigió al pueblo del cacique Guaxicar y le pidió la obediencia”[1]

Palabras más, palabras menos así de claro: el vecino tuvo que ser “fundado” porque no existía y al pueblo del Guaxicar solo se le pidió la “obediencia” es decir, que aceptará ser súbdito del Rey de España, don Carlos V de Alemania y primero de España (sí, el de los chocolates).  “Obediencia” quiere decir que el Guaxicar  no opuso resistencia y es más, hasta llegó a un acuerdo con Cristóbal de Oñate (el fundador de Zacatecas y Guadalajara ni más ni menos).  Así, una mañana de 18 de abril Cristóbal de Oñate usando a sus traductores nahuatlatos hizo que Guaxixicar la capital de un extenso reino gobernado por el Guaxicar entrará en la historia.  Por eso Magdalena nunca fue fundada (porque ya existía) así como pasó con Tenochtitlán pero sin violencia.  Precisamente los indígenas nahuatlatos que formaban parte del ejército de Oñate fueron los que le dieron un nombre distinto a Guaxixicar y le llamaron Xuchitepec.[2]

El mapa que no es mapa.  Ubíquese usted al centro donde aparece una laguna con islas (esa es la de Magdalena).
Justo arriba aparece una leyenda que dice "guaxixicar de guerra".  Aquí, Magdalena aparece con su nombre original: Guaxixicar.


La investigación al respecto la hicieron los agregados culturales de la UNESCO para la declaratoria del Paisaje Agavero como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2006.[3]  Por las mismas fechas algunos investigadores ya habíamos notado ese detallito.  La fecha de 1596 se logró más por acuerdo entre cronistas que por bases documentales.  El primer requiebro de esa fecha ocurrió cuando se digitalizaron los Archivos Parroquiales de Magdalena donde hay actas de bautismo desde 1561 (¿Cómo había bautismos en un pueblo que se supone se fundaría en 1596?).  Además, para que exista parroquia debía existir una población anterior que hiciera comunidad.  Así de simple ¿Quién le pagaría al Cura?

Por eso llamamos a Magdalena “Corazón del Paisaje Agavero”  no por  estar en el centro,  sino por ser el pueblo más antiguo, la fuente vieja de las tradiciones de la que beben los otros pueblos que componen este territorio del Paisaje Agavero.  En 1530 el pueblo de Guaxixicar, llamado Xuchitepec  por los soldados nahuatlatos de Oñate y La Magdalena por los europeos, hizo su debut en la historia escrita. Un 18 de abril de 1530 de manera regia, el Guaxicar, respetado en su dignidad de gobernante, tuvo que llegar a un acuerdo con el capitán Cristóbal de Oñate como embajador del Emperador Carlos V.  Una entrada desumbradora a la historia escrita para un pueblo que ha sido sistemáticamente habitado por 3500 años aproximadamente. 

¡Felicidades a nosotros los magdalenenses!

487 años llenando de color y tradición al Occidente de Jalisco






[1] Tello, Fr. Antonio, Chronica Miscelanea de la Sancta Provincia de Xalisco,
[2] Para abundar más en estas cuestiones del nombre o “los nombres” Erick González Rizo del Colegio de Michoacán ha hecho una excelente investigación al respecto y muy interesante de leerse.
[3] En los textos oficiales de las Rutas Culturales del Estado de Jalisco (Magdalena pertenece a tres) los investigadores dieron con este dato escondido a “ojos vistos” en Tello y corroborado luego por la multitud de documentos que hablan de Magdalena entre 1530 y 1604.

sábado, 15 de abril de 2017

Las campanas fantasmas de Magdalena

Los pueblos todos tenemos una época pasada de gloria.  Magdalena, Jalisco también lo tiene. Momentos del pasado que, al ir de generación en generación, de boca en boca, como tradición oral, lo hemos convertido en nuestra leyenda fundacional o parte de ella.  Hoy que es sábado santo o de gloria, se abren puertas antiguas.  Ventanas escondidas en las que podemos caer o entrar. 

Dicen que hace cientos de años Magdalena estaba en una isla rodeada de una laguna maravillosa.  La Isla tenía sus muelles que podían llevar las canoas llenas de flores, ciruelas, limones, naranjas, limas, zapotes, jitomates, calabazas y  cebollas (como tenía que ser) hasta Etzatlán y Ahualulco por el agua.   Sus calles rectas y paredes de adobe blanqueadas estaban rodeadas de árboles de arrayán y guayaba que daban sombra a los paseantes de esa Magdalena en la isla.

El templo, ubicado primorosamente sobre la parte más alta, dominaba todo el paisaje circundante de la Laguna de Magdalena.  Al sur se veía Etzatlán como arrimada a la Sierra de su nombre; un poco más allá se adivinaba Ahualulco “en medio de cerros”;  al norte Xuchitepec-Guaxixicar que apenas cobraba vida sobre la alfombra de flores blancas, amarillas y vaporosa de perfumes naturales.

El viejo templo estaba en la colina más alta de la isla dominando la Laguna Completa.
En la foto, la espadaña del templo de Almudena del Cusco, contemporánea a la leyenda de la Vieja Magdalena.


Nada faltaba en aquella Magdalena rodeada de la opalina agua dulce de su  Lago (hoy desecado para gloria y riqueza de unos cuantos) y  tenía un grifo de agua en plena plaza.  Así, nadie tenía porque bajar hasta las playas del pueblo para llevar agua a sus casas.  Por la mañana o por la tarde las señoras, señoritas, niñas, niños, esclavos y sirvientes bajaban a la plaza para tomar agua del grifo y la cargaban en sus cántaros. 

Pero la vanidad no tardaría en hacerse presente.  Una tarde, cerca del viernes santo, dos comadres de alcurnia se encontraron solas frente a la llave de agua.  Se saludaron y platicaron como siempre hasta que, acabada la plática y viviendo una en un extremo del pueblo y la otra en el otro, se adelantaron al mismo tiempo a llenar vasijas.  Las dos se empecinaron en ser la primera en tomarla.  De la chanza y chapuza pasaron a las palabras groseras.  El pueblo se arremolino ante ellas para ser testigo de la discusión sobre cúal de las dos tendría el derecho a tomar agua antes que la otra.  Linajes antiguos, derechos divinos, deudas de dineros y deudas de honor se pusieron al descubierto.  Los testigos tomaron  partido, unos por una comadre y otros por la otra. La luz del sol se ocultó.

Molestos y divididos, los habitantes de esa antigua Magdalena se retiraron a sus casas perfumadas por los olores frutales de sus huertas y arrullados por el oleaje de la Laguna.  Los hachones y velas fueron apagándose uno tras otro hasta quedar bañados solo por la luz de la luna llena, disgustados por el derecho de la otra comadre.

Aún no amanecía cuando truenos y relámpagos desgarraron el cielo.  Un sonido sordo recorrió el valle seguido de un terremoto profundo que tiró los techos de todas las casas.  La lluvia impidió el incendio.  Entre los gritos de terror, los vecinos fueron arrastrados por una corriente de agua como si la Laguna les cobrará el pleito vano de pelearse dos comadres por un grifo de agua teniendo una laguna completa de agua dulce.

Magdalena quedó arrasada y sus sobrevivientes fueron repartidos a Santa María, Etzatlán , Ahualulco y Xuchitepec-Guaxixicar.  Nunca volverían.  En su conciencia quedó por siempre aquel pueblo de trazo recto llenó de huertas y pesquerías.   Nunca volverían a rezar en el templo que dominaba el Valle y la laguna de Magdalena.

El pueblo de San Juanito en la playa de la Laguna de Magdalena.  La fotografía corresponde al "barrio de tierra" y fue tomada en las dos primeras décadas del siglo XX.
 


Hoy día, dicen que hay que tener cuidado.  A mediodía o a medianoche del sábado santo se suelen escuchar las campanas lejanas de un templo desconocido.  Quienes han seguido el sonido se han encontrado de repente en aquella vieja Magdalena llena de huertas frutales y pescadores en medio de la laguna.  Los que han vuelto quedan enfermos de melancolía añorando y sufriendo no poder volver a esa Magdalena que ya no fue. 

domingo, 9 de abril de 2017

La Cruz del Diablo en Magdalena, Jalisco

Les invito a hacer un ejercicio.  La identidad magdalenense se está perdiendo ante la voracidad inmobiliaria de unos cuantos.  Las casas viejas se caen o se tiran estrepitosamente para dar lugar a edificios de muchos pisos “porque es moderno” dicen.  Hay quien  ha pedido que se derriben las casonas que hablan de la grandeza virreinal de Magdalena “pa´hacer estacionamiento pa´que venga el turismo”.  Habrase visto ¿A que vendría un turista si no tiene nada que ver? ¿A contarle lo que ya no hay o a estacionar su auto?

Cuando el lugar de un relato desaparece o el relato mismo se olvida, aunque permanezca el lugar, la identidad se muere.  Un turista busca identidad.  Magdalena no puede ofrecerle borrachera al turismo como nuestro vecino competidor.  Pero tenemos algo que un cierto sector del turismo anhela: Turismo Cultural y ¿sabías que el turista cultura gasta hasta 4 veces más que un turista promedio por una “experiencia”? Dejemos este tema para otro momento.   Hagamos, les decía, un ejercicio de identidad y apropiación.  Relataré la historia de una posesión demoníaca y les pido ubicar el lugar donde están  los restos de esta narración.

Hace muchos años.  Cuando todavía se usaban armaduras.  Un hombre se divertía matando y violando pesonas.  Los magdalenenses ocupados en  la pesca, las huertas, el ganado, la agricultura y las minas se preocuparon por ello.  No daban con el asesino serial hasta  que se dieron cuenta de que, el asesino, había ya rebasado el promedio de vida de un hombre de su época.

Yendo hacía la Raya había una casa abandonada sin nadie saber que había pasado con sus ocupantes.  Una  tarde se perpetró otro asesinato pero hubo testigos:  un hombre con armadura había destripado a un minero de Hostotipaquillo.  Se persiguió al asesino que corría velozmente a pesar del peso del metal.  Saltó la barda de la casa abandonada o entró  por alguna rendija (los endemoniados, dicen, pueden hacer eso).  Los perseguidores entraron e  iluminando las habitaciones descubrieron la armadura abandonada.  Del asesino nada.

Al tiempo hubo otro asesinato. El asesino había perdido la vergüenza atacaba en público.  El hombre con armadura desparecía en la misma propiedad.  Una madrugada,  las campanadas de la Parroquia impidieron oír los gritos de una mujer que murió al ser empalada en una puerta de golpe.  El pueblo ya temía hasta el sonido metálico de una cazuela contra otra y exigió al capitán y a los corregidores poner orden. 

Armadura de la Guardia Real ca. s. XVI


Decidieron entrar en la casa abandonada y sacaron la armadura para meterla a una celda de La Ochavada así el asesino se vería privado de su disfraz.  Pero hubo un asesinato más y la armadura volvió a su lugar de origen.  Viendo que había algo demoníaco en la armadura, se acordó que se volviera a recoger a la mazmorra y se le colocaran grilletes y guardias. 

Oscureció y la armadura, encadenada,  comenzó a quejarse.  El chirriar de los metales espantó a los guardias y pidieron ayuda.  Los corregidores vieron asombrados como la armadura volaba hasta donde las cadenas se lo permitían tratando de tomar forma.  El chirrido y el golpeteó del metal era infernal.  Algunos sacaron reliquias o agua de San Ignacio y la rociaban.  Eso parecía aumentar la desesperación de los hierros.  El terror se apoderó de todos.  Pero no la dejaron sola.  Estaban dispuestos a detenerla. 

Con la salida del sol.  La armadura se tranquilizó.  El Ayuntamiento (reunión de corregidores y Alcalde) decidió que la armadura se fundiría ante la presencia de un clérigo (él sabría que hacer).  Con el metal fundido se haría una Cruz ¿Acaso no era la Cruz del Redentor lo que más odiaba el Demonio? Habría que aprisionarlo y, tras fundir la armadura, se armó una cruz de gran tamaño.

Esa noche la armadura convertida en Cruz ya no se movió en su celda de La Ochavada.  Los corregidores, dando gracias a Dios por el remedio al mal que  los aterrorizaba  decidieron empotrar la Cruz del Diablo en un monumento.  Se eligió un lugar lejos de los caminos reales y en un escampado donde poco se sembrará.  Se anunció a la población que no se persignaran ante ella; que no le llevaran flores ni se le pusieran piedras de Padrenuestro.  La “Cruz del Diablo” permaneció siglos entre cementeras de maíz y cerca de los bosques. 

Cruz metálica fundida y armada en frío. Ejemplo de lo que pudo ser la Cruz del Diablo.
Imagen tomada del blog: La Ciudad Recobrada.



La historia fue olvidándose.  Las narraciones de apariciones fantasmales  violentas en la zona de la Cruz del Diablo se sucedían.  Nadie construía su casa cerca hasta que llegaron nuestros días y algún Cura decidió que había que cambiar el monumento de la Cruz que ya había perdido el mote “del Diablo”.  Algunas familias que conocían la historia levantaron la voz protestando y exigiendo que se dejara en paz el enmohecido metal.  El Cura ganó y cambió la Cruz del Diablo por una nueva.  Ante ella, los magdalenenses viejos ni se persignan, ni llevan flores, ni hacen reverencia.  Los que no saben le hacen fiesta.  El metal de la Cruz del Diablo se perdió o eso creemos.