No es raro ver en los pueblos casas que dan como a ninguna parte. Un tejabán se abre al bosque que se desliza suavemente a las montañas cubiertas por árboles y multitud de animales visibles e invisibles.
Alisio tenía no más de 14 años y su mirada era la de un niño al que le urgía dejar de serlo. Había elegido esa mañana de descanso un viejo fresno y bajo sus hojas en forma de gota, veía el paisaje que los circundaba y escuchaba el viento.
De repente el viento silbaba y Alisio trataba de averiguar de donde había salido el sonido. Otro silbido y aguzaba la vista para atinar al árbol donde había golpeado el viento para producir el sonido.
No lo veía. Ponía atención para ver si lograba adivinar donde golpearía la siguiente vez y no daba:
-¿Que color tendrá el viento?- se peguntaba - porque no alcanza a verse o porqué no dejaba verse ¿Que habrá hecho el viento que se esconde y corre y no deja que lo veamos?-
Cerró los ojos y sintió el viento cercano. Pero cuando los abrió se sorprendió porque podía ver su casa desde el aire ¡El viento se los estaba llevando!
Dando marometas pudo distinguir las calles de su pueblo. Los campanarios de las iglesias. Los vecinos en las calles haciendo su vida mientras él giraba y giraba llevado por el viento sobre sus cabezas. Su corazón latía rápido. Sintió un nudo en la garganta y trató de gritar. Una lágrima se le secó rápidamente en la mejilla y alcanzó a sentir la neblina y supo que estaba atravesando una nube.
Ya no podía gritar. Ahora se sentía perdido. Pudo ver pueblo tras pueblo y pasó nube tras nube. Ya se había dado por vencido:
- ¿Porque no puedo ver el viento? ¿Qué color tendrá? - Cientos de respuestas se agolpaban en su mente - ¿Qué habrá hecho el viento que se esconde y no se deja ver? ¿Porqué pregunté eso? Quizá el viento se enojó porque le pregunté y ahora quiere castogarme- Tuvo miedo
-Ya me voy a morir- pensó - Ni mi mamá ni mi papá se van a dar cuenta de donde quedé-
Eso pensaba y sentía ganas de llorar cuando vió una ciudad. Él no conocía las ciudades pero sabía que era una porque había oído hablar de ellas. Las torres de las iglesias, que eran muchas, más que en su pueblo, se veían muy cerca y el viento golpeaba contra cada muro de ellas. Sintió que si el viento se estrellaba contra ellas él también podía hacerlo y el golpe le dolería. Así es que hizo cuanto pudo para controlar sus movimientos. Se hizo nudo. Giró en el aire y comenzó a moverse como rana. Sabía que las ranas no volaban pero creyó que quizá moviéndose como ellas podría controlar lo que le pasaba. Tras unos giros lo logró y pudo ponerse cómodamente de forma que veía el suelo.
Entonces sintió que el viento perdía fuerza y vió que rápidamente se acercaba el piso. Una mancha verde se fue haciendo individual y cada vez más grande y entecerró los ojos. Era un árbol.
Mientras caía alcanzaba a escuchar las platicas de adultos y los gritos de niños que jugaban. Ladraron algunos perros y luego sintió dos o tres golpes secos en su cuerpo y el trinar de algubos sorprendidos pájaros en sus nidos hasta que cayó por las ramas de un árbol.
Cayó bocabajo y cuando levantó la cara pudo ver un perro lanudo que le ladraba. Una cuerda ataba el can a la mano de una niña asombrada:
-¿Quién eres?- preguntó la niña
-Soy Alisio- dijo él mientras se ponía en pie y se sacudía el polvo de la caída
-¿Estás bien? ¿Caíste del cielo? ¿O te caíste del árbol? Pero no estabas ahí antes... -
Y Alisio le contó como había llegado allí.
Ella dijo llamarse Urania y Alisio sintió que era un nombre raro. Pero era más raro que una corriente de viento lo hubiera llevado allí donde estaba. Cuando Urania le preguntó que de donde venía, Alisio no supo responder ni apuntar al lugar.
Así es que Urania le enseñó los puntos cardinales para tratar de ubicar el lugar del que venía o que al menos supiera a donde lo llevaba el viento.
-Mira Alisio- le decía Urania- recuerda el lugar por donde el sol en tu casa. Ahora, haz que tu mano derecha apunte para donde nace el sol todos los días- Alisio hacía como Urania decía - hacía donde está tu rostro es el Norte, a tu espalda quedó el sur y el Este, por donde el sol sale, está a tu derecha-
Alisio recordó que miraba hacía donde salía el sol cuando el viento lo levantó y el viento lo había levantado por la espalda, por lo que el viento venía del oeste y lo llevó hacía donde el sol salía.
Pero de nuevo el viento comenzó a soplar y sintió que iba a caer de frente ante los ladridos del perro de Urania. Manoteó y se aferró a las ramas del árbol. Pero el viento era más fuerte que él:
-
Este es el blog de un magdalenense que ha viajado desde chiquillo y a cada paso va reencontrándose con la identidad del Pueblo donde nació. Hoy escribo de Magdalena mañana (o en un rato) de otro lugar. "Pata de perro" al fin del tingo al tango. "Piedra rodadiza que no crea mojo" diría mi abuela.
domingo, 13 de enero de 2019
sábado, 16 de junio de 2018
Un sobre cerrado
Pedro Ayala se llamaba. Herrero
de profesión. No era muy alto. Tez blanca casi amarillenta. De Fuertes músculos
y ojos café claro. Muy de madrugada
llegaron los Federales a su fragua 42 caballos para calzarles de herraduras
tenía frente a él.
Cesaréa Leal su esposa los veía con ojos penetrantes, almendrados,
incendiados. Su figura entallada en la
falda larga no temía a la presencia de los soldados y ellos no dudaban en
mostrar la incomodidad que les causaba:
-Señora no es lugar para una mujer el lugar de trabajo de su marido- le
dijo uno de ellos
-Está Usted en mi casa Señor y en mi casa soy libre de hacer-
Para Pedro Ayala era casi un día perdido. Si acaso le pagaban el trabajo había que
enfrentarse al problema de la emisión de moneda. Si era villista, los zapatistas no la
aceptaban y si era constitucionalista para los federales no era válida.
El reloj de la Purísima sonó las 6 y 30 minutos de la tarde cuando
Pedro y sus ayudantes herraron al último caballo. Cesaréa había hecho café para todos y le
regresaban los pocillos de peltre con una moneda en agradecimiento. El jefecillo del grupo le dió un sobre
cerrado a Pedro:
-Va a tener que ir a Ameca. Dinero no cargamos. Para como están las cosas mejor ni un quinto
en la bolsa. Entregará Usted esta carta
mía al Jefe Militar y él sabrá que hacer para compensarlo-
A la madrugada del día siguiente Pedro ensilló su caballo y se dirigió
a Ameca. Cesaréa y sus hijos decidieron
ir a visitar a la familia a San Andrés. Pedro
llevaba el sobre con la carta de pago en la bolsa de la camisa. Un pensamiento y otro lo distrajeron hasta
que ya pasado el mediodía llegó a Ameca y se hizo anunciar con el Jefe Político.
En un pasillo fue recibid. Sacó el sobre y lo entregó ceremoniosamente. El Jefe Militar notó que el sobre estaba
cerrado. Sorprendido, miró a Pedro y
este le devolvió la mirada. Abrió el
sobre y leyó. Volvío a mirar a Pedro. Pero
está vez con sorpresa. Ante ello,
pensando Pedro que dudaría de su trabajo le dijo:
-Fueron 42 caballos herrados en un solo día Señor. Una hazaña.
Mis muchachos y yo pudimos hacerlo y estará contento con nuestro
trabajo-
-Así que Usted fue quien herró los caballos ¿Por qué no abrió este
sobre?- lo interpeló el jefe Militar
-Porque no iba dirigido a mi-
-Solo por su valor le daré 10 pesos de plata- le dijo ordenando se los
trajeran – tomé Usted la carta y llévesela.
Vuelva pronto a Magdalena sin parar.
Ya tendrá tiempo de leerla. Por
lo demás no se preocupe si hubo desmán hágamelo saber-
Le dió una bolsa con las monedas y ante la mirada casi sarcástica del
Jefe Militar Pedro Ayala pudo leer el contenido:
“Sirvase fusilar de inmediato al portador de este documento. De su familia nosotros nos haremos cargo”
Una ola de frío recorrió el cuerpo de Pedro. Contra toda probabilidad divisó Magdalena ya
entrada la noche. Casi lloró cuando
entró a su casa y vió a su mujer y sus
dos hijos cenando a la luz del aparato:
-¿Te pagaron Pedro?- preguntó Cesaréa
-Sí
-Vente a cenar- Pedro le dió la
carta en silencio y Cesaréa leyó. Sus
ojos bailaban descifrando el papel y dijo serenamente
–Hace ratito llegamos de San Andrés.
Los soldados se fueron de Magdalena después de las 3 dicen. Nos trajo Severo en un carro de Tomás porque ocupaba
enseres de Magdalena. Estuvo todo de la
mano de Dios-
miércoles, 2 de mayo de 2018
Los viejos arroyos de Magdalena
Sepan ustedes que los reyes no fueron tontos. Al menos no todos y entre los primeros que nos
tocaron emitieron reglas de cómo debían hacerse las calles y hacerse las ciudades. Que debía haber dos “repúblicas” una de
indios y otra de españoles. Que en ellas
debía conservarse de la mejor manera posible su forma de gobierno original y
que la de los españoles debía ilustrar a la de los indios en su modo de vivir
cristiano.
| El 16 de julio del 2016, en plena inauguración del MIPAM, la lluvia bautizó el nuevo recinto cultural de Jalisco |
Ya sabemos que los corazones humanos mueven siempre a otras cosas y no
siempre ocurrió así. Pero si nos quedó el trazo de algunas ciudades y pueblos
muy cuidados para que se pudiera vivir bien y de buenas según su clima. Acá en Magdalena se hizo cuadrícula y se
dejaron calles angostas respetando los arroyos naturales y calles anchas para
que el sol y aire pudieran darle mejor vista y mayor limpieza para la "república de españoles".
En Magdalena siempre se ha tratado de controlar las fuerzas de la
naturaleza: el aire, el viento, el fuego y la tierra. Es algo inherente al ser humano. Con los años, con la idea de “progreso”, se
trató de controlar los arroyos de temporal de Magdalena y aquellos que eran
permanentes. Todos ellos eran fuentes
que iban a dar vida a la laguna de Magdalena.
Hoy basta la tormenta o una lluvia para soltar de nuevo las compuertas
de aquellas fuerzas que antes le dieron vida al pueblo y que hoy, para muchos,
son estorbo. Así con las primeras
tormentas que descargan en el cerro de Santa María Magdalena o en el Viejo,
saltan de nuevo las fuente primitivas de Potrerillos, el Tepiolole, el
Tempizque, la Raya, las Tarjeas del Agua o el Pile.
Aquellos permanentes del Ojo de Agua y del Tacotal siguen reventando
día y noche marcando los límites de los viejos reinos de la Nueva España y de
la Nueva Galicia. Todas sus aguas se juntaban por allá al sur en un lugar que
por tantos juncos y carrizos le decían “Las Cañas” y que quizá derivó en la
Cañita.
Esos arroyos cuyos nombres están por olvidarse y que dieron nombre a
las calles por donde aún pasan dan testimonio de las palabras de Suarez de
Peralta cuando en 1541 llegó a estas tierras:
“bastante de verdura y flores, apacible y llena de fuentes de agua por donde se vea tiene una gran laguna arrimada al sur que va derecho a Yssatlan y contiene yslas. Por ella van los yndios en balsas grandes hechas de troncos que bajan de las sierras y son tan suficientes y diestros que pueden caber veinte dellos de pie y hay otras con gran embeleso llena de todos los frutos de estas tierra que van y vienen entre ellos para mercar”.
“bastante de verdura y flores, apacible y llena de fuentes de agua por donde se vea tiene una gran laguna arrimada al sur que va derecho a Yssatlan y contiene yslas. Por ella van los yndios en balsas grandes hechas de troncos que bajan de las sierras y son tan suficientes y diestros que pueden caber veinte dellos de pie y hay otras con gran embeleso llena de todos los frutos de estas tierra que van y vienen entre ellos para mercar”.
miércoles, 18 de abril de 2018
Los confetis de la Virgen del Pueblito
Su papá estaba enfermo. Tenía ya tiempo al borde de la muerte. Por la mañana rezaban para que lllegará a ver
la luz de las estrellas y cuando cerraba los ojos rezaban para que volviera a
despertar. Ya no pedían que estuviera
bien. No rogaban que por su cura solo
imprecaban que no se muriera.
Tirado cual costal de huesos con el que la muerte
se deleitaba y se divertía, tenía los verdes ojos apagados. Una pequeña tela transparente parecía que los
había cubierto. La fiebre vespertina
hacía brillar los músculos morenos grabados por el trabajo. El escalofrío le recorría el cuerpo y
temblaba.
Así pasó los rigores del invierno. Respirando con
dificultad. Sintiendo que en cada exhalación
se le iba la vida y ante los ojos de sus hijas e hijos se disminuía cada vez
más. Pero los potentes músculos se
recuperaban en momentos. Se obligaba a
comer “aguado” y bebía en demasía. Así
había llegado hasta las vísperas de la Cuaresma.
Una de sus hijas, desesperada, resentida por el sufrimiento del padre emprendió
con ojos llorosos un camino, ya con el sol cayendo y a pie, a Magdalena. Vió los últimos rayos del sol reflejarse en la moribunda laguna que tanto
han violado y pisoteado los que tanto le deben a la tierra.
Apenas descansó en la plaza. Tomó un refresco. Se descalzó y se sobó los pies ajados por el
camino. Ya se veía a los magdalenenses
partir al sur, a San Juanito. Tenía dos
opciones: pasar la noche allí y levantarse muy temprano para alcanzar a los
romeros antes del alba o emprender el camino. Decidió el segundo. Se unió a unos conocidos que portaban
hachones. Pronto dejaron atrás el
caserío y se perdieron en el bosque trazando una especie de serpiente luminosa
que reptaba hacía San Juan.
A medianoche alcanzaron la meta. Le rentaron unos
petates y trató de descansar y de tanto en tanto pensaba si su padre era acaso
ya muerto y se quedó dormida. No escuchó
el repique matinal. No se dió cuenta de
la salida de San Francisco cubierto de lienzos morados. Ni siquiera sintió el de tropel de
peregrinos acompañados en cantos que llevaban ya la milagrosa imagen de la
Virgen del Pueblito a Magdalena.
Una mujer de San Juan la despertó y con ella
corrió, limpiándose los ojos, a la retaguardia de la romería que trasladaba la
Imagen. Cuando alcanzaron La Joya apenas
probó bocado: unas gorditas de San Juan y un café; cortaron un montón de
arrayanes y un alma compadecida le dió unas guayabas para el camino. Se
internaron el espeso bosque con los peregrinos retrasados. Subieron la loma y al bajar pudieron ver que
la Imagen ya desaparecía en el Ixtetal.
Cuando ellas llegaron ahí, sus huaraches ya no
resistieron y se vencieron ante el filo ingente de la obsidiana. Su pies sintieron el fragor de la tierra caliente. A pesar del rebozo el sol les calaba y se
hacían sombra con una rama de laurel.
Apretaron el paso y por fin alcanzaron a la Virgen del Pueblito cuando
ya había sido colocada sobre la su peana de San Francisco.
Los devotos se arremolinaban tratando de tocar la
imagen con cierta devoción. Ella,
desesperada sentía que si se acercaba y tocada al menos la cauda su padre
sanaría y se arrancó a empellones en la nutrida procesión. Tan sólo alcanzó a tocar la peana de San
Francisco y se hizo de un puño de confetis de colores.
Sin soltar su tesoro tomó camión a Tequila. Su padre respiraba penosamente y la veía con
ojos enfebrecidos. Había dejado de
hablar porque le cansaba. Las lágrimas
rodaron sobre las mejillas del enfermo.
Sin dar explicaciones ella llenó un pocillo con agua y lo puso a
hervir. Le arrojó las hojas de laurel que
llenaron de aroma las estancias y adorno la pócima con los confetis que había
quitado de la Virgen del Pueblito. Dejó
que bajara la temperatura y esos breves minutos le parecían eternos.
Todos en casa hablaban en voz baja. Con la taza en las manos entró a la
habitación del padre enfermo. Se armó de
valor. Se sentó a su lado; le quitó la camisa y se dio cuenta de que ardía en
fiebre y sudaba a chorros. La silueta de
su padre se recortaba en la sábana blanca marcada por el humor de la enfermedad. Seguía fuerte pero lo sintió ligerísimo al
ayudarle a incorporarse un poco. Su
padre lo veía con ojos de dolor y de ternura.
Poco a poco bebió la pócima de laureles y confetis y al terminarlo un
período de tos lo convulsionó. Escupió varias
veces en el suelo flemas raras de color impreciso.
La tos lo cansó y su hija lo volvió a
recostar. Para ese instante estaba ya la
madre y algunos hijos a la puerta de la habitación. Silenciosos y resignados. Durmió que parecía ya muerto a no ser por la
respiración dificultosa y sonora que poco a poco fue amainando. Cayó la tarde y no despertaba. Lo hacían ya muerto.
El primer lucero se elevó en el caliente cielo
tequilense mientras silenciosamente, casi fúnebres cenaban los familiares del
que creían que iba a morir en cualquier momento. Un sonido de arrastre los sorprendió: en el
umbral de la cocina, cansado, con los fulgurantes ojos verdes estaba papá de
pie sonriendo pidiendo un pan y un poco de leche.
Y aún las palabras de Eustolia Flores resuenan en
quienes la escuchamos: “y agarre con el puño lo que pude que fue un montón de confetis
con los que sabía que mi papá había de curarse”.
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Ubicación:
Magdalena, Jal., México
viernes, 27 de octubre de 2017
Una cruz acuchillada tres veces...
De muy reciente creación, el actual Cementero
Municipal de Magdalena no está excento de leyendas e historias. De recién
abierto allá por los años de 1930 y algo, le fueron transferidas lápida y
restos de algunos magdalenenses cuyos familiares no querían que el descanso de
los suyos fuera perturbado por la destrucción del Cementerio anterior ubicado
donde hoy está el Centro de Salud y la
plazuela de San José
No tardaron en ir llegando los nuevos vecinos a
este Cementerio que fue también testigo de algunos fusilamientos cuando aún se
levantaban. Ya tendría unos 30 o 40 años
cuando llegó Esther Leal a ocupar su descanso.
La tierra recibió su cuerpo entre el llanto de su hija, sus nietos y su
hermano Eliseo. La que había tenido en
un puño de su mano todo el mayorazgo de Orendaín fallecía sin la pompa que era
característica de su tiempo. En un
sencillo ataúd fue colocado el cuerpo que causó pleitos entre los hombres y
habladurías entre las mujeres.
Quizá algunas sencillas azucenas que tanto quería y
que en su honor Tomás Orendaín había hecho plantar en las veras de los arroyos
de San Andrés la acompañaban. Su despedida religiosa fue un forcejeo con el Cura. En pleno Atrio Eliseo arrancó de su ataúd la
cruz que lucía.
En su casa, construida lejos, lo más lejos posible
de Magdalena sin quedar fuera se había colocado un vaso de cristal tras la
puerta; los espejos permanecían cubiertos y sus fotografías guardadas bajo
llave. 8 días mínimo llorarían su
ida. Amparo, su hija, prorrumpía su
nombre por las noches dirigiéndose a los frondosos árboles de los cerros que
rodeaban la propiedad.
Al tercer día fue Eliseo al Cementerio. Estaba renuente a poner una Crucifijo en la
tumba de Esther pero debía marcar su lugar para que se conservara su
recuerdo. No supo que a lo lejos venía
Isidoro Rodríguez, el mulato que siempre la amó. Con cal y anilina, Eliseo marcó una cruz de
dos trazos de brocha sobre el desnudo muro de ladrillo. No se atrevía a poner una cruz sobre la tumba
de su amada hermana. Aún la cruz le
causaba pesar y sacando una daga de su
abrigo le dio tres cuchilladas al brazo derecho. Isidoro se asustó a lo lejos. En Magdalena no había quien hiciera lápidas
para poner su nombre y Eliseo enfiló de nuevo cayendo la tarde, el camino que
lo llevaría al pueblo. En la noche fue
interpelado por Isidoro acerca de la ausencia de una cruz en la tumba de
Esther. Eliseo se negó a ponerla una y
otra vez. Isidoro salió hecho un demonio
de la casa.
Antes de cumplirse los nueve días volvió Eliseo al
Cementerio y vió que la Isidoro había puesto una cruz de metal fundido con un
crucifijo barato. La colosal fuerza de
Eliseo cayó en ese momento. De nuevo
encerrado. Siglos de persecución le
cayeron encima y a pesar de lo que había ocurrido en el mundo el pueblo de
nuevo le negaba a ella a su hermana y con ella a toda su familia una tumba
según su tradición. Se arrancó un pedazo
del abrigo, rompió un poco del vestido de su sobrina Amparo y arrancó botones a
la camisa de su sobrino y al vestido de su sobrina. Resistiendo un grito interno sacó de nuevo la
daga y marcó, en los brazos de la cruz de metal, las iniciales E. L. B. A la puerta del Cementerio le dio unas
monedas al camposantero y le ordenó que, por nada del mundo, permitiera que se
borrará la Cruz pintada en el muro de ladrillos golpeada tres veces por una
daga y que indicaba la dirección donde estaba la tumba de Esther Leal.
Allí, a la derecha, a unos metros de uno de los
ingresos del Cementerio de Magdalena, se ha conservado una cruz con tres
cuchilladas. Signo de una resistencia silenciosa.
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Ubicación:
Magdalena, Jal., México
martes, 5 de septiembre de 2017
La venta del alacrán
Hubo, durante muchos años en Magdalena, una casa a
donde acudían los padres de la Compañía de Jesús cuando iban camino al Puerto
de San Blas de donde salían a sus misiones del norte. Las sótanas negras cubiertas por negras capas
eran cotidianas. Por aquellos años
anteriores a 1763 (que fue cuando el rey Carlos III los expulsó del Imperio) desde
los más ricos hasta lo más pobres asistían a pedir auxilio o consejo a la
Compañía de Jesús.
Su casa, más que convento, parecía una casa común,
como la del resto de los habitantes ( de los habitantes ricos claro ). Las noticias del norte y del sur se cruzaban
en las salas de la Compañía en Magdalena.
No era raro que el naufrago, el defraudado o aquel que había quebrado
llegara a su casa pidiendo consejo y capital para volverse a poner a trabajar.
Ocurrió que llegó un hombre (de cuyo nombre no es
que no queramos, pero no guardamos el nombre) que había invertido todo cuanto tenía
y con ello el de cuatro poderosos amigos en unas mercaderías que le llegarían
por la Nao de China. Como suele suceder,
la desgracia ocurrió y la inversión en mercaderías se perdió. Quizá la tomaron los piratas o los mismos
marineros la robaron o pudo ser también un tifón que hizo que la Nave se
perdiera. El hecho es que nuestro
mercader estaba harto preocupado y recurrió a la Compañía de Jesús.
Lo recibió amablemente el administrador y le
ofreció chocolate para contar sus penas.
Largo rato estuvieron platicando y el administrador se vió
condescendiente y decidido a ayudarlo hasta que el mercader externó la suma exorbitante
de dinero que debía pagar solo para
saldar las deudas a sus socios.
Nuestro mercader estaba preocupado porque las malas
lenguas pueden más que la falta de pesos en cosas de negocios y las
murmuraciones de su quiebra y de la pronta venta de sus bienes para costear la
cuantiosa deuda, era ya comidilla común.
El Padre abrió una ventana de la Casa y escucharon las murmuraciones de
unas mujeres que ya ponían precio hasta las sábanas de las camas del mercader.
-Murmuran como víboras- dijo el mercader.
El jesuita
le pidió que le mostrara el talego donde el mercader cargaba sus monedas. Unas últimas monedas eran una pequeña fortuna
aún:
-Estas víboras te han de devolver lo perdido ya
verás-
El padre le ordenó al mercader seguir su
consejo. Con lo que había aún en aquella
bolsa de terciopelo se pagó pólvora, música y un fastuoso banquete para los
principales magdalenenses. Acróbatas
y cera se gastaron desde que
declinó la tarde y en poco tiempo se olvidaron de la próxima quiebra del
mercader. En una mesa contigua a la de
los señores ricos y principales, se había establecido una mesa para los
pobres. Tras el correr del alcohol, unos
y otros olvidaron sus diferencias. En un
momento dado, el jesuita llamó la atención del mercader sobre un magnífico
alacrán que subía sobre una de las paredes.
En verdad era magnífico y enorme.
De un solo movimiento, casi calculado, el jesuita
tomó el alacrán por la cola y lo metió al talego del mercader:
-Hay que dárselo al mejor postor pero lo has de regresar
sin premura tras pagar tu deuda-
El mercader pensó que como charada iba a conseguir
algunos pesos y llamó la atención de todos para poner en venta el magnífico
ejemplar:
-¡Ea Vuesas mercedes! ¡Vean la novedad que acá les
tengo! Esta tierra tan rica que tanto
nos ha dado ha sido condescendiente hasta con las alimañas más ponzoñosas y no,
no señores míos, no me refiero a los bellos ejemplares de lengua bífida que tan
bien conocemos, sino a otro tipo tan peligroso que con tan solo ver su brillo
nocturno y escuchar su pesada armadura silbar nos causa terror. Hoy he recibido el más magnífico de los
alacranes criado por estos suelos y lo pongo a consideración del que mejor lo
quiera pagar –
Diciendo esto puso frente a las mujeres la bolsa de
terciopelo en la que se removía la alimaña tratando de salir causando miedo a
quien se le acercaba.
Sobre un platón de plata abrió la bolsa pero el
alacrán no salió. Todas las miradas
estaban puestas sobre los movimientos del mercader. Tomó por la esquinas la bolsa y la sacudió
con cierta fuerza. Un sonido metálico
acompañó al grito sorprendido de los convidados. Ante ellos un alacrán en oro cincelado, detallado
con filigrana de plata y adornado con ambares y perlas yacía con las patas
arriba. Sorprendido el mercader buscaba
la mirada del jesuita. Un impulso lo
hizo ponerlo de pie mostrando toda su belleza.
Esa noche el mercader consiguió doblar la cantidad
de su deuda empeñando la joya. Se
aseguró de que sus acreedores no la
vendieran ni le hicieran daño alguno. Pagó
las deudas y logró doblar el resto y aún quedarse con ganancia. Volvió a su casa pago la cantidad empeñada y
recuperó el alacrán negándose a venderlo por cantidades tan grandes como la que
fue entregada al principio.
Con la joya en la bolsa se dirigió a la Casa de la
Compañía. El jesuita ya lo estaba
esperando. Más agradecimiento no se ha
visto en el rostro y ademanes de un hombre.
Hablaron sobre como se había librado de la quiebra y por último le dio el
alacrán de oro al jesuita. El padre lo
vió por arriba y por abajo, por un lado y por el otro. Al mercader le latían las sienes ¿acaso
faltaba alguna piedra? ¿Habría sido falsificado? El jesuita sonrió y se dirigió
a la pared más cercana, tomó al alacrán por la cola y lo acercó al muro. El alacrán, como despertando de un letargo,
se aferró al muro y comenzó su camino como si nunca hubiera sido una joya.
domingo, 6 de agosto de 2017
Una guanajuatense en La Magdalena del siglo XVIII
Podría comenzar haciendo una disertación acerca de
la movilidad de las personas en el siglo XVIII a diferencia de la inmovilidad a
la que estamos condenados, psicológicamente, en el presente siglo XXI. Solo escribiré que, en el siglo XVIII, sino
te funcionaba el lugar donde estabas cambiabas de residencia y como diríamos
algunos “nuevo momento, nueva creación”.
![]() |
| Doña Josefa Teresa de Busto y Moya, fundadora del Hospicio de la Santísima Trinidad de Guanajuato. |
No es mi intención hacer una biografía acerca de
dos mujeres que coincidieron en el lugar al menos por un breve espacio de
tiempo. Ni siquiera podemos estar
seguros de que se hayan conocido o si, a pesar de la pequeñez de Guanajuato,
escucharon una el nombre de la otra. Las
dos dejaron huella en la historia de los lugares donde alcanzaron la madurez:
una en Guanajuato y la otra en Magdalena/Etzatlán. La primera de ellas sigue siendo recordada y
la otra se ha ido olvidando paulatinamente.
Josefa Teresa
de Busto y Moya fundó, en compañía de unos ricos y acaudalados mineros
de Guanajuato el 1 de octubre de 1732 el Hospicio de la Santísima Trinidad que,
unos años después, en 1744, se convertiría, por instancias de la misma mujer,
en el Colegio de la Santísima Trinidad de Guanajuato (hoy Universidad de
Guanajuato) regida por la Compañía de Jesús.
| El templo de la Compañía de Jesús visto desde una de las capillas del patio del Colegio de la Santísima Trinidad de Guanajuato. |
Por esos mismos
años, en la misma Ciudad, hija de una acaudalado minero de apellido Bocanegra,
jugaba su hija Antonia Rita Rosa María Leal y Araujo Xaramillo y Llanos de Comprarán. Hija suya de un segundo matrimonio. Rosa María tardó, a diferencia de las
muchachas de su época, en casarse y su familia no daba muestras de quererla
obligar. Justo en 1744, a los 20 años de
edad, contrajo nupcias con el capitán don Juan Sánchez de Escarcena minero y
hacendado de Etzatlán en el Real de minas de Santa Fe de Guanajuato. Hasta ahí la coincidencia. Teresa de Busto veía como su hospicio se
convertía en Colegio mientras Rosa María Leal contraía matrimonio con un
capitán minero de una tierra algo lejana para esos años.
Las noticias de
Rosa María Leal llegaron a mí de manera inesperada. Revisando unos documentos del Archivo
Histórico del Estado de Jalisco para el padre José de Jesús Gómez Fregoso di
con el volumen de las “componendas” que hubiera pasado de largo si no me
encuentro el apellido “Leal” relacionado con Etzatlán en un expediente de 1750 . Los versados amantes de Clío notarán que he dejado en este párrafo la constancia de la ubicación del documento es decir, la referencia.
La “Componenda”
fue un proceso que tuvieron que llevar todos los nobles o aquellos súbditos que
hubieran adquirido mercedes directas de los reyes españoles de la Casa de los
Austrias. Al subir al trono Felipe V de
Borbón, tras las violentas revueltas
habidas en la Península contra su ascensión al trono, se consideró necesario
que, el rey Felipe V, volviera otorgar o
retirar según fuera el caso (o su gusto) todas y cada una de las propiedades
que hubieran sido distribuidas por sus antecesores.
![]() |
| Felipe V de Borbón |
Resulta que
para esas fechas, Rosa María Leal había ya quedado viuda del capitán don Juan
Sánchez del que había engendrado seis hijos.
El expediente de la “componenda” da muchos detalles de la vida de doña
Antonia Rita Rosa María de Leal y Araujo Xaramillo y Llanos de Comparán como
que, había recibido en herencia paterna un título nobiliario (que reserva al
Rey) que ponía en manos de Su Magestad así como todos los bienes que poseía a “nombre
de Su Magestad el Rey” entre ellos, la
fabulosa hacienda de San Andrés con su fortín y castillo (así mismo dice). Dicho sea de paso, cuando inició el proceso estaba en su casa de Etzatlán pero poseía otra en La Magdalena a donde residía de continuo.
![]() |
| El "Fortín" o "Castillo" mencionado en el expediente de la Componenda de doña Rosa María Leal. |
Al final, Rosa
María Leal se casó con un Orendaín allegado a la Real Caja de Guadalajara. Rosa María introdujo al matrimonio la
hacienda de San Andrés. Dos mujeres
novohispanas dejaron huella en la historia y coincidieron en tiempo en la misma
ciudad. Una es recordada y la otra ha
sido paulatinamente olvidada a pesar de haber detentado la más fabulosa de las
haciendas de Magdalena, Jalisco. De una tenemos imagen de la otra solo el
nombre.
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