jueves, 13 de febrero de 2025

Loza extinta para celebrar a Guadalajara

 

Hace 483 años, un grupo de conquistadores luchaba por establecerse en una tierra ajena. Cansados de batallar y teniendo al frente a Doña Beatriz Hernández que, con firmeza logró convencerlos de que Guadalajara, la que hoy conocemos, debería permanecer donde está. Esta historia nos la cuenta Tello, quien escribió sobre esos eventos casi un siglo después.

El grupo fundador necesitaba utensilios básicos para sobrevivir. Las vasijas de metal, madera y las pocas de cerámica que habían sobrevivido a las dificultades del viaje y las batallas anteriores, como la de Tetlán, eran esenciales. Los utensilios no solo servían en la vida cotidiana, sino que también representaban el estatus social y la comodidad que los nuevos habitantes buscaban.

Es probable que los primeros europeos no se hayan complicado y usaran las vasijas de cerámica que los pueblos originarios les proporcionaron. Los alfareros no tardaron en asentarse utilizando la misma tierra de los pueblos indígenas para crear nuevas formas y estilos, combinando técnicas del Viejo Mundo con los materiales de la nueva tierra. Así, nacieron piezas que reflejaban la fusión cultural.

Guadalajara dio su nombre a una cerámica que, con el paso del tiempo, se destacó por reunir influencias del Oriente lejano, el Medio Oriente y las tradiciones hispanas, pero con los materiales autóctonos. La loza de Guadalajara era fina, casi como porcelana, y elegante como todo lo tapatío reflejando la esencia de la ciudad. Sus diseños, en tonos de amarillo-ocre, negro y azul, presentaban escenas cotidianas, flores, animales y los escudos de las familias tapatías.  Compitió en un tiempo con la afamadísima cerámica de Tlaquepaque y Tonalá.

Cremera de Loza de Guadalajara. Anónimo. S.F.
Museo de las Artes Populares de Jalisco


Sin embargo, la loza dejó de producirse. Pasó de moda entre las élites tapatías y jaliscienses. Como ocurre con muchas tradiciones, lo que era exclusivo de las clases altas luego se extendió a las clases medias que querían destacarse. Finalmente, la loza perdió su popularidad.

Plato cafetero manufacturado en Loza de Guadalajara. Anónimo. S.F.
Museo de las Artes Populares de Jalisco


Hoy en día, un delicado juego de cafetera y tacitas, que representa la esencia de esta tradición, se conserva en el Museo de las Artes Populares de Jalisco. Su delicadeza recuerda a la porcelana que marcó una época de prosperidad para Guadalajara. En 2025, esta ciudad cumple 483 años de existencia, y su historia sigue viva en cada uno de estos objetos.


Loza de Guadalajara.
Anónimo.  Sin fecha.
Museo de las Artes Populares de Jalisco.

Biblioigrafía:

Gonzalez Escoto, Armando et Ortiz Minique, Yvette "Artesanías una fusión de vida y cultura" Instituto de la Artesanía Jalisciense, 1ra. edición, Guadalajara, Jalisco, 2009.

Enciclopedia temática de Jalisco, t. VII, Gobierno de Jalisco, 1992.

domingo, 13 de enero de 2019

Alisio y el viento

No es raro ver en los pueblos casas que dan como a ninguna parte. Un tejabán se abre al bosque que se desliza suavemente a las montañas cubiertas por árboles y multitud de animales visibles e invisibles.

Alisio tenía no más de 14 años y su mirada era la de un niño al que le urgía dejar de serlo. Había elegido esa mañana de descanso un viejo fresno y bajo sus hojas en forma de gota, veía el paisaje que los circundaba y escuchaba el viento.

De repente el viento silbaba y Alisio trataba de averiguar de donde había salido el sonido. Otro silbido y aguzaba la vista para atinar al árbol donde había golpeado el viento para producir el sonido.

No lo veía. Ponía atención para ver si lograba adivinar donde golpearía la siguiente vez y no daba:

-¿Que color tendrá el viento?- se peguntaba - porque no alcanza a verse o porqué no dejaba verse ¿Que habrá hecho el viento que se esconde y corre y no deja que lo veamos?-

Cerró los ojos y sintió el viento cercano. Pero cuando los abrió se sorprendió porque podía ver su casa desde el aire ¡El viento se los estaba llevando!

Dando marometas pudo distinguir las calles de su pueblo. Los campanarios de las iglesias. Los vecinos en las calles haciendo su vida mientras él giraba y giraba llevado por el viento sobre sus cabezas. Su corazón latía rápido. Sintió un nudo en la garganta y trató de gritar. Una lágrima se le secó rápidamente en la mejilla y alcanzó a sentir la neblina y supo que estaba atravesando una nube.

Ya no podía gritar. Ahora se sentía perdido. Pudo ver pueblo tras pueblo y pasó nube tras nube. Ya se había dado por vencido:
 - ¿Porque no puedo ver el viento? ¿Qué color tendrá? - Cientos de respuestas se agolpaban en su mente - ¿Qué habrá hecho el viento que se esconde y no se deja ver? ¿Porqué pregunté eso? Quizá el viento se enojó porque le pregunté y ahora quiere castogarme- Tuvo miedo
-Ya me voy a morir- pensó - Ni mi mamá ni mi papá se van a dar cuenta de donde quedé-



Eso pensaba y sentía ganas de llorar cuando vió una ciudad. Él no conocía las ciudades pero sabía que era una porque había oído hablar de ellas.  Las torres de las iglesias, que eran muchas, más que en su pueblo, se veían muy cerca y el viento golpeaba contra cada muro de ellas. Sintió que si el viento se estrellaba contra ellas él también podía hacerlo y el golpe le dolería. Así es que hizo cuanto pudo para controlar sus movimientos. Se hizo nudo. Giró en el aire y comenzó a moverse como rana.  Sabía que las ranas no volaban pero creyó que quizá moviéndose como ellas podría controlar lo que le pasaba. Tras unos giros lo logró y pudo ponerse cómodamente de forma que veía el suelo.

Entonces sintió que el viento perdía fuerza y vió que rápidamente se acercaba el piso. Una mancha verde se fue haciendo individual y cada vez más grande y entecerró los ojos. Era un árbol.

Mientras caía alcanzaba a escuchar las platicas de adultos y los gritos de niños que jugaban. Ladraron algunos perros y luego sintió dos o tres golpes secos en su cuerpo y el trinar de algubos sorprendidos pájaros en sus nidos hasta que cayó por las ramas de un árbol.

Cayó bocabajo y cuando levantó la cara pudo ver un perro lanudo que le ladraba. Una cuerda ataba el can a la mano de una niña asombrada:
-¿Quién eres?- preguntó la niña
-Soy Alisio- dijo él mientras se ponía en pie y se sacudía el polvo de la caída
-¿Estás bien? ¿Caíste del cielo? ¿O te caíste del árbol? Pero no estabas ahí antes... -

Y Alisio le contó como había llegado allí.
Ella dijo llamarse Urania y Alisio sintió que era un nombre raro. Pero era más raro que una corriente de viento lo hubiera llevado allí donde estaba. Cuando Urania le preguntó que de donde venía, Alisio no supo responder ni apuntar al lugar.
Así es que Urania le enseñó los puntos cardinales para tratar de ubicar el lugar del que venía o que al menos supiera a donde lo llevaba el viento.

-Mira Alisio- le decía Urania- recuerda el lugar por donde el sol en tu casa. Ahora, haz que tu mano derecha apunte para donde nace el sol todos los días- Alisio hacía como Urania decía - hacía donde está tu rostro es el Norte, a tu espalda quedó el sur y el Este, por donde el sol sale, está a tu derecha-

Alisio recordó que miraba hacía donde salía el sol cuando el viento lo levantó y el viento lo había levantado por la espalda, por lo que el viento venía del oeste y lo llevó hacía donde el sol salía.

Pero de nuevo el viento comenzó a soplar y sintió que iba a caer de frente ante los ladridos del perro de Urania. Manoteó y se aferró a las ramas del árbol. Pero el viento era más fuerte que él:
-









sábado, 16 de junio de 2018

Un sobre cerrado


Pedro Ayala se llamaba.  Herrero de profesión. No era muy alto. Tez blanca casi amarillenta. De Fuertes músculos y ojos café claro.  Muy de madrugada llegaron los Federales a su fragua 42 caballos para calzarles de herraduras tenía frente a él.

Cesaréa Leal su esposa los veía con ojos penetrantes, almendrados, incendiados.  Su figura entallada en la falda larga no temía a la presencia de los soldados y ellos no dudaban en mostrar la incomodidad que les causaba:

-Señora no es lugar para una mujer el lugar de trabajo de su marido- le dijo uno de ellos
-Está Usted en mi casa Señor y en mi casa soy libre de hacer- 

Para Pedro Ayala era casi un día perdido.  Si acaso le pagaban el trabajo había que enfrentarse al problema de la emisión de moneda.  Si era villista, los zapatistas no la aceptaban y si era constitucionalista para los federales no era válida.

El reloj de la Purísima sonó las 6 y 30 minutos de la tarde cuando Pedro y sus ayudantes herraron al último caballo.  Cesaréa había hecho café para todos y le regresaban los pocillos de peltre con una moneda en agradecimiento.  El jefecillo del grupo le dió un sobre cerrado a Pedro:

-Va a tener que ir a Ameca. Dinero no cargamos.  Para como están las cosas mejor ni un quinto en la bolsa.  Entregará Usted esta carta mía al Jefe Militar y él sabrá que hacer para compensarlo-




A la madrugada del día siguiente Pedro ensilló su caballo y se dirigió a Ameca.  Cesaréa y sus hijos decidieron ir a visitar a la familia a San Andrés.  Pedro llevaba el sobre con la carta de pago en la bolsa de la camisa.  Un pensamiento y otro lo distrajeron hasta que ya pasado el mediodía llegó a Ameca y se hizo anunciar con el Jefe Político. En un pasillo fue recibid. Sacó el sobre y lo entregó ceremoniosamente.  El Jefe Militar notó que el sobre estaba cerrado.  Sorprendido, miró a Pedro y este le devolvió la mirada.  Abrió el sobre y leyó.  Volvío a mirar a Pedro. Pero está vez con sorpresa.  Ante ello, pensando Pedro que dudaría de su trabajo le dijo:

-Fueron 42 caballos herrados en un solo día Señor.  Una hazaña.  Mis muchachos y yo pudimos hacerlo y estará contento con nuestro trabajo-
-Así que Usted fue quien herró los caballos ¿Por qué no abrió este sobre?- lo interpeló el jefe Militar
-Porque no iba dirigido a mi-
-Solo por su valor le daré 10 pesos de plata- le dijo ordenando se los trajeran – tomé Usted la carta y llévesela.  Vuelva pronto a Magdalena sin parar.  Ya tendrá tiempo de leerla.  Por lo demás no se preocupe si hubo desmán hágamelo saber-

Le dió una bolsa con las monedas y ante la mirada casi sarcástica del Jefe Militar Pedro Ayala pudo leer el contenido:

“Sirvase fusilar de inmediato al portador de este documento.  De su familia nosotros nos haremos cargo”


Una ola de frío recorrió el cuerpo de Pedro.  Contra toda probabilidad divisó Magdalena ya entrada la noche.  Casi lloró cuando entró a su casa  y vió a su mujer y sus dos hijos cenando a la luz del aparato:

-¿Te pagaron Pedro?- preguntó Cesaréa
-Sí
-Vente a cenar-  Pedro le dió la carta en silencio y Cesaréa leyó.  Sus ojos bailaban descifrando el papel y dijo serenamente

–Hace ratito llegamos de San Andrés.  Los soldados se fueron de Magdalena después de las 3 dicen.  Nos trajo Severo en un carro de Tomás porque ocupaba enseres de Magdalena.  Estuvo todo de la mano de Dios-

miércoles, 2 de mayo de 2018

Los viejos arroyos de Magdalena


Sepan ustedes que los reyes no fueron tontos.  Al menos no todos y entre los primeros que nos tocaron emitieron reglas de cómo debían hacerse las calles y hacerse las ciudades.  Que debía haber dos “repúblicas” una de indios y otra de españoles.  Que en ellas debía conservarse de la mejor manera posible su forma de gobierno original y que la de los españoles debía ilustrar a la de los indios en su modo de vivir cristiano.

El 16 de julio del 2016, en plena inauguración del MIPAM, la lluvia bautizó el nuevo recinto cultural de Jalisco


Ya sabemos que los corazones humanos mueven siempre a otras cosas y no siempre ocurrió así. Pero si nos quedó el trazo de algunas ciudades y pueblos muy cuidados para que se pudiera vivir bien y de buenas según su clima.  Acá en Magdalena se hizo cuadrícula y se dejaron calles angostas respetando los arroyos naturales y calles anchas para que el sol y aire pudieran darle mejor vista y mayor limpieza para la "república de españoles".

En Magdalena siempre se ha tratado de controlar las fuerzas de la naturaleza: el aire, el viento, el fuego y la tierra.  Es algo inherente al ser humano.  Con los años, con la idea de “progreso”, se trató de controlar los arroyos de temporal de Magdalena y aquellos que eran permanentes.  Todos ellos eran fuentes que iban a dar vida a la laguna de Magdalena.

Hoy basta la tormenta  o una lluvia para soltar de nuevo las compuertas de aquellas fuerzas que antes le dieron vida al pueblo y que hoy, para muchos, son estorbo.  Así con las primeras tormentas que descargan en el cerro de Santa María Magdalena o en el Viejo, saltan de nuevo las fuente primitivas de Potrerillos, el Tepiolole, el Tempizque, la Raya, las Tarjeas del Agua o el Pile. 



Aquellos permanentes del Ojo de Agua y del Tacotal siguen reventando día y noche marcando los límites de los viejos reinos de la Nueva España y de la Nueva Galicia. Todas sus aguas se juntaban por allá al sur en un lugar que por tantos juncos y carrizos le decían “Las Cañas” y que quizá derivó en la Cañita.

Esos arroyos cuyos nombres están por olvidarse y que dieron nombre a las calles por donde aún pasan dan testimonio de las palabras de Suarez de Peralta cuando en 1541 llegó a estas tierras:

“bastante de verdura y flores, apacible y llena de fuentes de agua por donde se vea tiene una gran laguna arrimada al sur que va derecho a Yssatlan y contiene yslas.  Por ella van los yndios en balsas grandes hechas de troncos que bajan de las sierras y son tan suficientes y diestros que pueden caber veinte dellos de pie y hay otras con gran embeleso llena de todos los frutos de estas tierra que van y vienen entre ellos para mercar”.





miércoles, 18 de abril de 2018

Los confetis de la Virgen del Pueblito



Su papá estaba enfermo.  Tenía ya tiempo al borde de la muerte.  Por la mañana rezaban para que lllegará a ver la luz de las estrellas y cuando cerraba los ojos rezaban para que volviera a despertar.  Ya no pedían que estuviera bien.  No rogaban que por su cura solo imprecaban que no se muriera.

Tirado cual costal de huesos con el que la muerte se deleitaba y se divertía, tenía los verdes ojos apagados.  Una pequeña tela transparente parecía que los había cubierto.  La fiebre vespertina hacía brillar los músculos morenos grabados por el trabajo.  El escalofrío le recorría el cuerpo y temblaba. 

Así pasó los rigores del invierno. Respirando con dificultad.  Sintiendo que en cada exhalación se le iba la vida y ante los ojos de sus hijas e hijos se disminuía cada vez más.  Pero los potentes músculos se recuperaban en momentos.  Se obligaba a comer “aguado” y bebía en demasía.  Así había llegado hasta las vísperas de la Cuaresma.

Una de sus hijas, desesperada,  resentida por el sufrimiento del padre emprendió con ojos llorosos un camino, ya con el sol cayendo y a pie, a Magdalena.  Vió los últimos rayos del  sol reflejarse en la moribunda laguna que tanto han violado y pisoteado los que tanto le deben a la tierra.

Apenas descansó en la plaza.  Tomó un refresco.  Se descalzó y se sobó los pies ajados por el camino.  Ya se veía a los magdalenenses partir al sur, a San Juanito.  Tenía dos opciones: pasar la noche allí y levantarse muy temprano para alcanzar a los romeros antes del alba o emprender el camino. Decidió el segundo.  Se unió a unos conocidos que portaban hachones.  Pronto dejaron atrás el caserío y se perdieron en el bosque trazando una especie de serpiente luminosa que reptaba hacía San Juan.

A medianoche alcanzaron la meta. Le rentaron unos petates y trató de descansar y de tanto en tanto pensaba si su padre era acaso ya muerto y se quedó dormida.  No escuchó el repique matinal.  No se dió cuenta de la salida de San Francisco cubierto de lienzos morados.   Ni siquiera sintió el de tropel de peregrinos acompañados en cantos que llevaban ya la milagrosa imagen de la Virgen del Pueblito a Magdalena.

Una mujer de San Juan la despertó y con ella corrió, limpiándose los ojos, a la retaguardia de la romería que trasladaba la Imagen.  Cuando alcanzaron La Joya apenas probó bocado: unas gorditas de San Juan y un café; cortaron un montón de arrayanes y un alma compadecida le dió unas guayabas para el camino. Se internaron el espeso bosque con los peregrinos retrasados.  Subieron la loma y al bajar pudieron ver que la Imagen ya desaparecía en el Ixtetal.

Cuando ellas llegaron ahí, sus huaraches ya no resistieron y se vencieron ante el filo ingente de la obsidiana.  Su pies sintieron el fragor de la tierra caliente.  A pesar del rebozo el sol les calaba y se hacían sombra con una rama de laurel.  Apretaron el paso y por fin alcanzaron a la Virgen del Pueblito cuando ya había sido colocada sobre la su peana de San Francisco. 

Los devotos se arremolinaban tratando de tocar la imagen con cierta devoción.  Ella, desesperada sentía que si se acercaba y tocada al menos la cauda su padre sanaría y se arrancó a empellones en la nutrida procesión.  Tan sólo alcanzó a tocar la peana de San Francisco y se hizo de un puño de confetis de colores.



Sin soltar su tesoro tomó camión a Tequila.  Su padre respiraba penosamente y la veía con ojos enfebrecidos.  Había dejado de hablar porque le cansaba.  Las lágrimas rodaron sobre las mejillas del enfermo.  Sin dar explicaciones ella llenó un pocillo con agua y lo puso a hervir.  Le arrojó las hojas de laurel que llenaron de aroma las estancias y adorno la pócima con los confetis que había quitado de la Virgen del Pueblito.  Dejó que bajara la temperatura y esos breves minutos le parecían eternos.

Todos en casa hablaban en voz baja.  Con la taza en las manos entró a la habitación del padre enfermo.  Se armó de valor. Se sentó a su lado; le quitó la camisa y se dio cuenta de que ardía en fiebre y sudaba a chorros.  La silueta de su padre se recortaba en la sábana blanca marcada por el humor de la enfermedad.  Seguía fuerte pero lo sintió ligerísimo al ayudarle a incorporarse un poco.  Su padre lo veía con ojos de dolor y de ternura.  Poco a poco bebió la pócima de laureles y confetis y al terminarlo un período de tos lo convulsionó.  Escupió varias veces en el suelo flemas raras de color impreciso.

La tos lo cansó y su hija lo volvió a recostar.  Para ese instante estaba ya la madre y algunos hijos a la puerta de la habitación.  Silenciosos y resignados.  Durmió que parecía ya muerto a no ser por la respiración dificultosa y sonora que poco a poco fue amainando.  Cayó la tarde y no despertaba.  Lo hacían ya muerto. 

El primer lucero se elevó en el caliente cielo tequilense mientras silenciosamente, casi fúnebres cenaban los familiares del que creían que iba a morir en cualquier momento.  Un sonido de arrastre los sorprendió: en el umbral de la cocina, cansado, con los fulgurantes ojos verdes estaba papá de pie sonriendo pidiendo un pan y un poco de leche.


Y aún las palabras de Eustolia Flores resuenan en quienes la escuchamos: “y agarre con el puño lo que pude que fue un montón de confetis con los que sabía que mi papá había de curarse”.

viernes, 27 de octubre de 2017

Una cruz acuchillada tres veces...

De muy reciente creación, el actual Cementero Municipal de Magdalena no está excento de leyendas e historias. De recién abierto allá por los años de 1930 y algo, le fueron transferidas lápida y restos de algunos magdalenenses cuyos familiares no querían que el descanso de los suyos fuera perturbado por la destrucción del Cementerio anterior ubicado donde hoy está el Centro de Salud  y la plazuela de San José

No tardaron en ir llegando los nuevos vecinos a este Cementerio que fue también testigo de algunos fusilamientos cuando aún se levantaban.  Ya tendría unos 30 o 40 años cuando llegó Esther Leal a ocupar su descanso.  La tierra recibió su cuerpo entre el llanto de su hija, sus nietos y su hermano Eliseo.  La que había tenido en un puño de su mano todo el mayorazgo de Orendaín fallecía sin la pompa que era característica de su tiempo.  En un sencillo ataúd fue colocado el cuerpo que causó pleitos entre los hombres y habladurías entre las mujeres. 



Quizá algunas sencillas azucenas que tanto quería y que en su honor Tomás Orendaín había hecho plantar en las veras de los arroyos de San Andrés la acompañaban. Su despedida religiosa fue un forcejeo con el Cura.  En pleno Atrio Eliseo arrancó de su ataúd la cruz que lucía.

En su casa, construida lejos, lo más lejos posible de Magdalena sin quedar fuera se había colocado un vaso de cristal tras la puerta; los espejos permanecían cubiertos y sus fotografías guardadas bajo llave.  8 días mínimo llorarían su ida.   Amparo, su hija, prorrumpía su nombre por las noches dirigiéndose a los frondosos árboles de los cerros que rodeaban la propiedad.

Al tercer día fue Eliseo al Cementerio.  Estaba renuente a poner una Crucifijo en la tumba de Esther pero debía marcar su lugar para que se conservara su recuerdo.  No supo que a lo lejos venía Isidoro Rodríguez, el mulato que siempre la amó.  Con cal y anilina, Eliseo marcó una cruz de dos trazos de brocha sobre el desnudo muro de ladrillo.  No se atrevía a poner una cruz sobre la tumba de su amada hermana.  Aún la cruz le causaba pesar  y sacando una daga de su abrigo le dio tres cuchilladas al brazo derecho.  Isidoro se asustó a lo lejos.  En Magdalena no había quien hiciera lápidas para poner su nombre y Eliseo enfiló de nuevo cayendo la tarde, el camino que lo llevaría al pueblo.  En la noche fue interpelado por Isidoro acerca de la ausencia de una cruz en la tumba de Esther.  Eliseo se negó a ponerla una y otra vez.  Isidoro salió hecho un demonio de la casa.

Antes de cumplirse los nueve días volvió Eliseo al Cementerio y vió que la Isidoro había puesto una cruz de metal fundido con un crucifijo barato.  La colosal fuerza de Eliseo cayó en ese momento.  De nuevo encerrado.  Siglos de persecución le cayeron encima y a pesar de lo que había ocurrido en el mundo el pueblo de nuevo le negaba a ella a su hermana y con ella a toda su familia una tumba según su tradición.  Se arrancó un pedazo del abrigo, rompió un poco del vestido de su sobrina Amparo y arrancó botones a la camisa de su sobrino y al vestido de su sobrina.  Resistiendo un grito interno sacó de nuevo la daga y marcó, en los brazos de la cruz de metal, las iniciales E. L. B.  A la puerta del Cementerio le dio unas monedas al camposantero y le ordenó que, por nada del mundo, permitiera que se borrará la Cruz pintada en el muro de ladrillos golpeada tres veces por una daga y que indicaba la dirección donde estaba la tumba de Esther Leal. 

Allí, a la derecha, a unos metros de uno de los ingresos del Cementerio de Magdalena, se ha conservado una cruz con tres cuchilladas.  Signo de una resistencia silenciosa.



martes, 5 de septiembre de 2017

La venta del alacrán

Hubo, durante muchos años en Magdalena, una casa a donde acudían los padres de la Compañía de Jesús cuando iban camino al Puerto de San Blas de donde salían a sus misiones del norte.  Las sótanas negras cubiertas por negras capas eran cotidianas.  Por aquellos años anteriores a 1763 (que fue cuando el rey Carlos III los expulsó del Imperio) desde los más ricos hasta lo más pobres asistían a pedir auxilio o consejo a la Compañía de Jesús.  

Su casa, más que convento, parecía una casa común, como la del resto de los habitantes ( de los habitantes ricos claro ).  Las noticias del norte y del sur se cruzaban en las salas de la Compañía en Magdalena.  No era raro que el naufrago, el defraudado o aquel que había quebrado llegara a su casa pidiendo consejo y capital para volverse a poner a trabajar.

Ocurrió que llegó un hombre (de cuyo nombre no es que no queramos, pero no guardamos el nombre) que había invertido todo cuanto tenía y con ello el de cuatro poderosos amigos en unas mercaderías que le llegarían por la Nao de China.  Como suele suceder, la desgracia ocurrió y la inversión en mercaderías se perdió.  Quizá la tomaron los piratas o los mismos marineros la robaron o pudo ser también un tifón que hizo que la Nave se perdiera.  El hecho es que nuestro mercader estaba harto preocupado y recurrió a la Compañía de Jesús.

Lo recibió amablemente el administrador y le ofreció chocolate para contar sus penas.  Largo rato estuvieron platicando y el administrador se vió condescendiente y decidido a ayudarlo hasta que el mercader externó la suma exorbitante  de dinero que debía pagar solo para saldar las deudas a sus socios.

Nuestro mercader estaba preocupado porque las malas lenguas pueden más que la falta de pesos en cosas de negocios y las murmuraciones de su quiebra y de la pronta venta de sus bienes para costear la cuantiosa deuda, era ya comidilla común.  El Padre abrió una ventana de la Casa y escucharon las murmuraciones de unas mujeres que ya ponían precio hasta las sábanas de las camas del mercader.

-Murmuran como víboras- dijo el mercader.

 El jesuita le pidió que le mostrara el talego donde el mercader cargaba sus monedas.  Unas últimas monedas eran una pequeña fortuna aún: 

-Estas víboras te han de devolver lo perdido ya verás-

El padre le ordenó al mercader seguir su consejo.  Con lo que había aún en aquella bolsa de terciopelo se pagó pólvora, música y un fastuoso banquete para los principales magdalenenses.  Acróbatas  y cera  se gastaron desde que declinó la tarde y en poco tiempo se olvidaron de la próxima quiebra del mercader.  En una mesa contigua a la de los señores ricos y principales, se había establecido una mesa para los pobres.  Tras el correr del alcohol, unos y otros olvidaron sus diferencias.  En un momento dado, el jesuita llamó la atención del mercader sobre un magnífico alacrán que subía sobre una de las paredes.  En verdad era magnífico y enorme. 

De un solo movimiento, casi calculado, el jesuita tomó el alacrán por la cola y lo metió al talego del mercader:

-Hay que dárselo al mejor postor pero lo has de regresar sin premura tras pagar tu deuda-


El mercader pensó que como charada iba a conseguir algunos pesos y llamó la atención de todos para poner en venta el magnífico ejemplar:

-¡Ea Vuesas mercedes! ¡Vean la novedad que acá les tengo!  Esta tierra tan rica que tanto nos ha dado ha sido condescendiente hasta con las alimañas más ponzoñosas y no, no señores míos, no me refiero a los bellos ejemplares de lengua bífida que tan bien conocemos, sino a otro tipo tan peligroso que con tan solo ver su brillo nocturno y escuchar su pesada armadura silbar nos causa terror.  Hoy he recibido el más magnífico de los alacranes criado por estos suelos y lo pongo a consideración del que mejor lo quiera pagar –

Diciendo esto puso frente a las mujeres la bolsa de terciopelo en la que se removía la alimaña tratando de salir causando miedo a quien se le acercaba.

Sobre un platón de plata abrió la bolsa pero el alacrán no salió.  Todas las miradas estaban puestas sobre los movimientos del mercader.  Tomó por la esquinas la bolsa y la sacudió con cierta fuerza.  Un sonido metálico acompañó al grito sorprendido de los convidados.  Ante ellos un alacrán en oro cincelado, detallado con filigrana de plata y adornado con ambares y perlas yacía con las patas arriba.  Sorprendido el mercader buscaba la mirada del jesuita.  Un impulso lo hizo ponerlo de pie mostrando toda su belleza.



Esa noche el mercader consiguió doblar la cantidad de su deuda empeñando la joya.  Se aseguró de que sus  acreedores no la vendieran ni le hicieran daño alguno.  Pagó las deudas y logró doblar el resto y aún quedarse con ganancia.  Volvió a su casa pago la cantidad empeñada y recuperó el alacrán negándose a venderlo por cantidades tan grandes como la que fue entregada al principio. 


Con la joya en la bolsa se dirigió a la Casa de la Compañía.  El jesuita ya lo estaba esperando.  Más agradecimiento no se ha visto en el rostro y ademanes de un hombre.  Hablaron sobre como se había librado de la quiebra y por último le dio el alacrán de oro al jesuita.  El padre lo vió por arriba y por abajo, por un lado y por el otro.  Al mercader le latían las sienes ¿acaso faltaba alguna piedra? ¿Habría sido falsificado? El jesuita sonrió y se dirigió a la pared más cercana, tomó al alacrán por la cola y lo acercó al muro.  El alacrán, como despertando de un letargo, se aferró al muro y comenzó su camino como si nunca hubiera sido una joya.