sábado, 16 de junio de 2018

Un sobre cerrado


Pedro Ayala se llamaba.  Herrero de profesión. No era muy alto. Tez blanca casi amarillenta. De Fuertes músculos y ojos café claro.  Muy de madrugada llegaron los Federales a su fragua 42 caballos para calzarles de herraduras tenía frente a él.

Cesaréa Leal su esposa los veía con ojos penetrantes, almendrados, incendiados.  Su figura entallada en la falda larga no temía a la presencia de los soldados y ellos no dudaban en mostrar la incomodidad que les causaba:

-Señora no es lugar para una mujer el lugar de trabajo de su marido- le dijo uno de ellos
-Está Usted en mi casa Señor y en mi casa soy libre de hacer- 

Para Pedro Ayala era casi un día perdido.  Si acaso le pagaban el trabajo había que enfrentarse al problema de la emisión de moneda.  Si era villista, los zapatistas no la aceptaban y si era constitucionalista para los federales no era válida.

El reloj de la Purísima sonó las 6 y 30 minutos de la tarde cuando Pedro y sus ayudantes herraron al último caballo.  Cesaréa había hecho café para todos y le regresaban los pocillos de peltre con una moneda en agradecimiento.  El jefecillo del grupo le dió un sobre cerrado a Pedro:

-Va a tener que ir a Ameca. Dinero no cargamos.  Para como están las cosas mejor ni un quinto en la bolsa.  Entregará Usted esta carta mía al Jefe Militar y él sabrá que hacer para compensarlo-




A la madrugada del día siguiente Pedro ensilló su caballo y se dirigió a Ameca.  Cesaréa y sus hijos decidieron ir a visitar a la familia a San Andrés.  Pedro llevaba el sobre con la carta de pago en la bolsa de la camisa.  Un pensamiento y otro lo distrajeron hasta que ya pasado el mediodía llegó a Ameca y se hizo anunciar con el Jefe Político. En un pasillo fue recibid. Sacó el sobre y lo entregó ceremoniosamente.  El Jefe Militar notó que el sobre estaba cerrado.  Sorprendido, miró a Pedro y este le devolvió la mirada.  Abrió el sobre y leyó.  Volvío a mirar a Pedro. Pero está vez con sorpresa.  Ante ello, pensando Pedro que dudaría de su trabajo le dijo:

-Fueron 42 caballos herrados en un solo día Señor.  Una hazaña.  Mis muchachos y yo pudimos hacerlo y estará contento con nuestro trabajo-
-Así que Usted fue quien herró los caballos ¿Por qué no abrió este sobre?- lo interpeló el jefe Militar
-Porque no iba dirigido a mi-
-Solo por su valor le daré 10 pesos de plata- le dijo ordenando se los trajeran – tomé Usted la carta y llévesela.  Vuelva pronto a Magdalena sin parar.  Ya tendrá tiempo de leerla.  Por lo demás no se preocupe si hubo desmán hágamelo saber-

Le dió una bolsa con las monedas y ante la mirada casi sarcástica del Jefe Militar Pedro Ayala pudo leer el contenido:

“Sirvase fusilar de inmediato al portador de este documento.  De su familia nosotros nos haremos cargo”


Una ola de frío recorrió el cuerpo de Pedro.  Contra toda probabilidad divisó Magdalena ya entrada la noche.  Casi lloró cuando entró a su casa  y vió a su mujer y sus dos hijos cenando a la luz del aparato:

-¿Te pagaron Pedro?- preguntó Cesaréa
-Sí
-Vente a cenar-  Pedro le dió la carta en silencio y Cesaréa leyó.  Sus ojos bailaban descifrando el papel y dijo serenamente

–Hace ratito llegamos de San Andrés.  Los soldados se fueron de Magdalena después de las 3 dicen.  Nos trajo Severo en un carro de Tomás porque ocupaba enseres de Magdalena.  Estuvo todo de la mano de Dios-

miércoles, 2 de mayo de 2018

Los viejos arroyos de Magdalena


Sepan ustedes que los reyes no fueron tontos.  Al menos no todos y entre los primeros que nos tocaron emitieron reglas de cómo debían hacerse las calles y hacerse las ciudades.  Que debía haber dos “repúblicas” una de indios y otra de españoles.  Que en ellas debía conservarse de la mejor manera posible su forma de gobierno original y que la de los españoles debía ilustrar a la de los indios en su modo de vivir cristiano.

El 16 de julio del 2016, en plena inauguración del MIPAM, la lluvia bautizó el nuevo recinto cultural de Jalisco


Ya sabemos que los corazones humanos mueven siempre a otras cosas y no siempre ocurrió así. Pero si nos quedó el trazo de algunas ciudades y pueblos muy cuidados para que se pudiera vivir bien y de buenas según su clima.  Acá en Magdalena se hizo cuadrícula y se dejaron calles angostas respetando los arroyos naturales y calles anchas para que el sol y aire pudieran darle mejor vista y mayor limpieza para la "república de españoles".

En Magdalena siempre se ha tratado de controlar las fuerzas de la naturaleza: el aire, el viento, el fuego y la tierra.  Es algo inherente al ser humano.  Con los años, con la idea de “progreso”, se trató de controlar los arroyos de temporal de Magdalena y aquellos que eran permanentes.  Todos ellos eran fuentes que iban a dar vida a la laguna de Magdalena.

Hoy basta la tormenta  o una lluvia para soltar de nuevo las compuertas de aquellas fuerzas que antes le dieron vida al pueblo y que hoy, para muchos, son estorbo.  Así con las primeras tormentas que descargan en el cerro de Santa María Magdalena o en el Viejo, saltan de nuevo las fuente primitivas de Potrerillos, el Tepiolole, el Tempizque, la Raya, las Tarjeas del Agua o el Pile. 



Aquellos permanentes del Ojo de Agua y del Tacotal siguen reventando día y noche marcando los límites de los viejos reinos de la Nueva España y de la Nueva Galicia. Todas sus aguas se juntaban por allá al sur en un lugar que por tantos juncos y carrizos le decían “Las Cañas” y que quizá derivó en la Cañita.

Esos arroyos cuyos nombres están por olvidarse y que dieron nombre a las calles por donde aún pasan dan testimonio de las palabras de Suarez de Peralta cuando en 1541 llegó a estas tierras:

“bastante de verdura y flores, apacible y llena de fuentes de agua por donde se vea tiene una gran laguna arrimada al sur que va derecho a Yssatlan y contiene yslas.  Por ella van los yndios en balsas grandes hechas de troncos que bajan de las sierras y son tan suficientes y diestros que pueden caber veinte dellos de pie y hay otras con gran embeleso llena de todos los frutos de estas tierra que van y vienen entre ellos para mercar”.





miércoles, 18 de abril de 2018

Los confetis de la Virgen del Pueblito



Su papá estaba enfermo.  Tenía ya tiempo al borde de la muerte.  Por la mañana rezaban para que lllegará a ver la luz de las estrellas y cuando cerraba los ojos rezaban para que volviera a despertar.  Ya no pedían que estuviera bien.  No rogaban que por su cura solo imprecaban que no se muriera.

Tirado cual costal de huesos con el que la muerte se deleitaba y se divertía, tenía los verdes ojos apagados.  Una pequeña tela transparente parecía que los había cubierto.  La fiebre vespertina hacía brillar los músculos morenos grabados por el trabajo.  El escalofrío le recorría el cuerpo y temblaba. 

Así pasó los rigores del invierno. Respirando con dificultad.  Sintiendo que en cada exhalación se le iba la vida y ante los ojos de sus hijas e hijos se disminuía cada vez más.  Pero los potentes músculos se recuperaban en momentos.  Se obligaba a comer “aguado” y bebía en demasía.  Así había llegado hasta las vísperas de la Cuaresma.

Una de sus hijas, desesperada,  resentida por el sufrimiento del padre emprendió con ojos llorosos un camino, ya con el sol cayendo y a pie, a Magdalena.  Vió los últimos rayos del  sol reflejarse en la moribunda laguna que tanto han violado y pisoteado los que tanto le deben a la tierra.

Apenas descansó en la plaza.  Tomó un refresco.  Se descalzó y se sobó los pies ajados por el camino.  Ya se veía a los magdalenenses partir al sur, a San Juanito.  Tenía dos opciones: pasar la noche allí y levantarse muy temprano para alcanzar a los romeros antes del alba o emprender el camino. Decidió el segundo.  Se unió a unos conocidos que portaban hachones.  Pronto dejaron atrás el caserío y se perdieron en el bosque trazando una especie de serpiente luminosa que reptaba hacía San Juan.

A medianoche alcanzaron la meta. Le rentaron unos petates y trató de descansar y de tanto en tanto pensaba si su padre era acaso ya muerto y se quedó dormida.  No escuchó el repique matinal.  No se dió cuenta de la salida de San Francisco cubierto de lienzos morados.   Ni siquiera sintió el de tropel de peregrinos acompañados en cantos que llevaban ya la milagrosa imagen de la Virgen del Pueblito a Magdalena.

Una mujer de San Juan la despertó y con ella corrió, limpiándose los ojos, a la retaguardia de la romería que trasladaba la Imagen.  Cuando alcanzaron La Joya apenas probó bocado: unas gorditas de San Juan y un café; cortaron un montón de arrayanes y un alma compadecida le dió unas guayabas para el camino. Se internaron el espeso bosque con los peregrinos retrasados.  Subieron la loma y al bajar pudieron ver que la Imagen ya desaparecía en el Ixtetal.

Cuando ellas llegaron ahí, sus huaraches ya no resistieron y se vencieron ante el filo ingente de la obsidiana.  Su pies sintieron el fragor de la tierra caliente.  A pesar del rebozo el sol les calaba y se hacían sombra con una rama de laurel.  Apretaron el paso y por fin alcanzaron a la Virgen del Pueblito cuando ya había sido colocada sobre la su peana de San Francisco. 

Los devotos se arremolinaban tratando de tocar la imagen con cierta devoción.  Ella, desesperada sentía que si se acercaba y tocada al menos la cauda su padre sanaría y se arrancó a empellones en la nutrida procesión.  Tan sólo alcanzó a tocar la peana de San Francisco y se hizo de un puño de confetis de colores.



Sin soltar su tesoro tomó camión a Tequila.  Su padre respiraba penosamente y la veía con ojos enfebrecidos.  Había dejado de hablar porque le cansaba.  Las lágrimas rodaron sobre las mejillas del enfermo.  Sin dar explicaciones ella llenó un pocillo con agua y lo puso a hervir.  Le arrojó las hojas de laurel que llenaron de aroma las estancias y adorno la pócima con los confetis que había quitado de la Virgen del Pueblito.  Dejó que bajara la temperatura y esos breves minutos le parecían eternos.

Todos en casa hablaban en voz baja.  Con la taza en las manos entró a la habitación del padre enfermo.  Se armó de valor. Se sentó a su lado; le quitó la camisa y se dio cuenta de que ardía en fiebre y sudaba a chorros.  La silueta de su padre se recortaba en la sábana blanca marcada por el humor de la enfermedad.  Seguía fuerte pero lo sintió ligerísimo al ayudarle a incorporarse un poco.  Su padre lo veía con ojos de dolor y de ternura.  Poco a poco bebió la pócima de laureles y confetis y al terminarlo un período de tos lo convulsionó.  Escupió varias veces en el suelo flemas raras de color impreciso.

La tos lo cansó y su hija lo volvió a recostar.  Para ese instante estaba ya la madre y algunos hijos a la puerta de la habitación.  Silenciosos y resignados.  Durmió que parecía ya muerto a no ser por la respiración dificultosa y sonora que poco a poco fue amainando.  Cayó la tarde y no despertaba.  Lo hacían ya muerto. 

El primer lucero se elevó en el caliente cielo tequilense mientras silenciosamente, casi fúnebres cenaban los familiares del que creían que iba a morir en cualquier momento.  Un sonido de arrastre los sorprendió: en el umbral de la cocina, cansado, con los fulgurantes ojos verdes estaba papá de pie sonriendo pidiendo un pan y un poco de leche.


Y aún las palabras de Eustolia Flores resuenan en quienes la escuchamos: “y agarre con el puño lo que pude que fue un montón de confetis con los que sabía que mi papá había de curarse”.

viernes, 27 de octubre de 2017

Una cruz acuchillada tres veces...

De muy reciente creación, el actual Cementero Municipal de Magdalena no está excento de leyendas e historias. De recién abierto allá por los años de 1930 y algo, le fueron transferidas lápida y restos de algunos magdalenenses cuyos familiares no querían que el descanso de los suyos fuera perturbado por la destrucción del Cementerio anterior ubicado donde hoy está el Centro de Salud  y la plazuela de San José

No tardaron en ir llegando los nuevos vecinos a este Cementerio que fue también testigo de algunos fusilamientos cuando aún se levantaban.  Ya tendría unos 30 o 40 años cuando llegó Esther Leal a ocupar su descanso.  La tierra recibió su cuerpo entre el llanto de su hija, sus nietos y su hermano Eliseo.  La que había tenido en un puño de su mano todo el mayorazgo de Orendaín fallecía sin la pompa que era característica de su tiempo.  En un sencillo ataúd fue colocado el cuerpo que causó pleitos entre los hombres y habladurías entre las mujeres. 



Quizá algunas sencillas azucenas que tanto quería y que en su honor Tomás Orendaín había hecho plantar en las veras de los arroyos de San Andrés la acompañaban. Su despedida religiosa fue un forcejeo con el Cura.  En pleno Atrio Eliseo arrancó de su ataúd la cruz que lucía.

En su casa, construida lejos, lo más lejos posible de Magdalena sin quedar fuera se había colocado un vaso de cristal tras la puerta; los espejos permanecían cubiertos y sus fotografías guardadas bajo llave.  8 días mínimo llorarían su ida.   Amparo, su hija, prorrumpía su nombre por las noches dirigiéndose a los frondosos árboles de los cerros que rodeaban la propiedad.

Al tercer día fue Eliseo al Cementerio.  Estaba renuente a poner una Crucifijo en la tumba de Esther pero debía marcar su lugar para que se conservara su recuerdo.  No supo que a lo lejos venía Isidoro Rodríguez, el mulato que siempre la amó.  Con cal y anilina, Eliseo marcó una cruz de dos trazos de brocha sobre el desnudo muro de ladrillo.  No se atrevía a poner una cruz sobre la tumba de su amada hermana.  Aún la cruz le causaba pesar  y sacando una daga de su abrigo le dio tres cuchilladas al brazo derecho.  Isidoro se asustó a lo lejos.  En Magdalena no había quien hiciera lápidas para poner su nombre y Eliseo enfiló de nuevo cayendo la tarde, el camino que lo llevaría al pueblo.  En la noche fue interpelado por Isidoro acerca de la ausencia de una cruz en la tumba de Esther.  Eliseo se negó a ponerla una y otra vez.  Isidoro salió hecho un demonio de la casa.

Antes de cumplirse los nueve días volvió Eliseo al Cementerio y vió que la Isidoro había puesto una cruz de metal fundido con un crucifijo barato.  La colosal fuerza de Eliseo cayó en ese momento.  De nuevo encerrado.  Siglos de persecución le cayeron encima y a pesar de lo que había ocurrido en el mundo el pueblo de nuevo le negaba a ella a su hermana y con ella a toda su familia una tumba según su tradición.  Se arrancó un pedazo del abrigo, rompió un poco del vestido de su sobrina Amparo y arrancó botones a la camisa de su sobrino y al vestido de su sobrina.  Resistiendo un grito interno sacó de nuevo la daga y marcó, en los brazos de la cruz de metal, las iniciales E. L. B.  A la puerta del Cementerio le dio unas monedas al camposantero y le ordenó que, por nada del mundo, permitiera que se borrará la Cruz pintada en el muro de ladrillos golpeada tres veces por una daga y que indicaba la dirección donde estaba la tumba de Esther Leal. 

Allí, a la derecha, a unos metros de uno de los ingresos del Cementerio de Magdalena, se ha conservado una cruz con tres cuchilladas.  Signo de una resistencia silenciosa.



martes, 5 de septiembre de 2017

La venta del alacrán

Hubo, durante muchos años en Magdalena, una casa a donde acudían los padres de la Compañía de Jesús cuando iban camino al Puerto de San Blas de donde salían a sus misiones del norte.  Las sótanas negras cubiertas por negras capas eran cotidianas.  Por aquellos años anteriores a 1763 (que fue cuando el rey Carlos III los expulsó del Imperio) desde los más ricos hasta lo más pobres asistían a pedir auxilio o consejo a la Compañía de Jesús.  

Su casa, más que convento, parecía una casa común, como la del resto de los habitantes ( de los habitantes ricos claro ).  Las noticias del norte y del sur se cruzaban en las salas de la Compañía en Magdalena.  No era raro que el naufrago, el defraudado o aquel que había quebrado llegara a su casa pidiendo consejo y capital para volverse a poner a trabajar.

Ocurrió que llegó un hombre (de cuyo nombre no es que no queramos, pero no guardamos el nombre) que había invertido todo cuanto tenía y con ello el de cuatro poderosos amigos en unas mercaderías que le llegarían por la Nao de China.  Como suele suceder, la desgracia ocurrió y la inversión en mercaderías se perdió.  Quizá la tomaron los piratas o los mismos marineros la robaron o pudo ser también un tifón que hizo que la Nave se perdiera.  El hecho es que nuestro mercader estaba harto preocupado y recurrió a la Compañía de Jesús.

Lo recibió amablemente el administrador y le ofreció chocolate para contar sus penas.  Largo rato estuvieron platicando y el administrador se vió condescendiente y decidido a ayudarlo hasta que el mercader externó la suma exorbitante  de dinero que debía pagar solo para saldar las deudas a sus socios.

Nuestro mercader estaba preocupado porque las malas lenguas pueden más que la falta de pesos en cosas de negocios y las murmuraciones de su quiebra y de la pronta venta de sus bienes para costear la cuantiosa deuda, era ya comidilla común.  El Padre abrió una ventana de la Casa y escucharon las murmuraciones de unas mujeres que ya ponían precio hasta las sábanas de las camas del mercader.

-Murmuran como víboras- dijo el mercader.

 El jesuita le pidió que le mostrara el talego donde el mercader cargaba sus monedas.  Unas últimas monedas eran una pequeña fortuna aún: 

-Estas víboras te han de devolver lo perdido ya verás-

El padre le ordenó al mercader seguir su consejo.  Con lo que había aún en aquella bolsa de terciopelo se pagó pólvora, música y un fastuoso banquete para los principales magdalenenses.  Acróbatas  y cera  se gastaron desde que declinó la tarde y en poco tiempo se olvidaron de la próxima quiebra del mercader.  En una mesa contigua a la de los señores ricos y principales, se había establecido una mesa para los pobres.  Tras el correr del alcohol, unos y otros olvidaron sus diferencias.  En un momento dado, el jesuita llamó la atención del mercader sobre un magnífico alacrán que subía sobre una de las paredes.  En verdad era magnífico y enorme. 

De un solo movimiento, casi calculado, el jesuita tomó el alacrán por la cola y lo metió al talego del mercader:

-Hay que dárselo al mejor postor pero lo has de regresar sin premura tras pagar tu deuda-


El mercader pensó que como charada iba a conseguir algunos pesos y llamó la atención de todos para poner en venta el magnífico ejemplar:

-¡Ea Vuesas mercedes! ¡Vean la novedad que acá les tengo!  Esta tierra tan rica que tanto nos ha dado ha sido condescendiente hasta con las alimañas más ponzoñosas y no, no señores míos, no me refiero a los bellos ejemplares de lengua bífida que tan bien conocemos, sino a otro tipo tan peligroso que con tan solo ver su brillo nocturno y escuchar su pesada armadura silbar nos causa terror.  Hoy he recibido el más magnífico de los alacranes criado por estos suelos y lo pongo a consideración del que mejor lo quiera pagar –

Diciendo esto puso frente a las mujeres la bolsa de terciopelo en la que se removía la alimaña tratando de salir causando miedo a quien se le acercaba.

Sobre un platón de plata abrió la bolsa pero el alacrán no salió.  Todas las miradas estaban puestas sobre los movimientos del mercader.  Tomó por la esquinas la bolsa y la sacudió con cierta fuerza.  Un sonido metálico acompañó al grito sorprendido de los convidados.  Ante ellos un alacrán en oro cincelado, detallado con filigrana de plata y adornado con ambares y perlas yacía con las patas arriba.  Sorprendido el mercader buscaba la mirada del jesuita.  Un impulso lo hizo ponerlo de pie mostrando toda su belleza.



Esa noche el mercader consiguió doblar la cantidad de su deuda empeñando la joya.  Se aseguró de que sus  acreedores no la vendieran ni le hicieran daño alguno.  Pagó las deudas y logró doblar el resto y aún quedarse con ganancia.  Volvió a su casa pago la cantidad empeñada y recuperó el alacrán negándose a venderlo por cantidades tan grandes como la que fue entregada al principio. 


Con la joya en la bolsa se dirigió a la Casa de la Compañía.  El jesuita ya lo estaba esperando.  Más agradecimiento no se ha visto en el rostro y ademanes de un hombre.  Hablaron sobre como se había librado de la quiebra y por último le dio el alacrán de oro al jesuita.  El padre lo vió por arriba y por abajo, por un lado y por el otro.  Al mercader le latían las sienes ¿acaso faltaba alguna piedra? ¿Habría sido falsificado? El jesuita sonrió y se dirigió a la pared más cercana, tomó al alacrán por la cola y lo acercó al muro.  El alacrán, como despertando de un letargo, se aferró al muro y comenzó su camino como si nunca hubiera sido una joya.

domingo, 6 de agosto de 2017

Una guanajuatense en La Magdalena del siglo XVIII

Podría comenzar haciendo una disertación acerca de la movilidad de las personas en el siglo XVIII a diferencia de la inmovilidad a la que estamos condenados, psicológicamente, en el presente siglo XXI.  Solo escribiré que, en el siglo XVIII, sino te funcionaba el lugar donde estabas cambiabas de residencia y como diríamos algunos “nuevo momento, nueva creación”.

Doña Josefa Teresa de Busto y Moya, fundadora del Hospicio de la Santísima Trinidad de Guanajuato.


No es mi intención hacer una biografía acerca de dos mujeres que coincidieron en el lugar al menos por un breve espacio de tiempo.  Ni siquiera podemos estar seguros de que se hayan conocido o si, a pesar de la pequeñez de Guanajuato, escucharon una el nombre de la otra.  Las dos dejaron huella en la historia de los lugares donde alcanzaron la madurez: una en Guanajuato y la otra en Magdalena/Etzatlán.  La primera de ellas sigue siendo recordada y la otra se ha ido olvidando paulatinamente.

Josefa Teresa de Busto y Moya fundó, en compañía de unos ricos y acaudalados mineros de Guanajuato el 1 de octubre de 1732 el Hospicio de la Santísima Trinidad que, unos años después, en 1744, se convertiría, por instancias de la misma mujer, en el Colegio de la Santísima Trinidad de Guanajuato (hoy Universidad de Guanajuato) regida por la Compañía de Jesús.

El templo de la Compañía de Jesús visto desde una de las capillas del patio del Colegio de la Santísima Trinidad de Guanajuato.


Por esos mismos años, en la misma Ciudad, hija de una acaudalado minero de apellido Bocanegra, jugaba su hija Antonia Rita Rosa María Leal y Araujo Xaramillo y Llanos de Comprarán.  Hija suya de un segundo matrimonio.  Rosa María tardó, a diferencia de las muchachas de su época, en casarse y su familia no daba muestras de quererla obligar.  Justo en 1744, a los 20 años de edad, contrajo nupcias con el capitán don Juan Sánchez de Escarcena minero y hacendado de Etzatlán en el Real de minas de Santa Fe de Guanajuato.  Hasta ahí la coincidencia.  Teresa de Busto veía como su hospicio se convertía en Colegio mientras Rosa María Leal contraía matrimonio con un capitán minero de una tierra algo lejana para esos años. 

Las noticias de Rosa María Leal llegaron a mí de manera inesperada.  Revisando unos documentos del Archivo Histórico del Estado de Jalisco para el padre José de Jesús Gómez Fregoso di con el volumen de las “componendas” que hubiera pasado de largo si no me encuentro el apellido “Leal” relacionado con Etzatlán en un expediente de 1750 .  Los versados amantes de Clío notarán que he dejado en este párrafo la constancia de la ubicación del documento es decir, la referencia.

La “Componenda” fue un proceso que tuvieron que llevar todos los nobles o aquellos súbditos que hubieran adquirido mercedes directas de los reyes españoles de la Casa de los Austrias.  Al subir al trono Felipe V de Borbón,  tras las violentas revueltas habidas en la Península contra su ascensión al trono, se consideró necesario que,  el rey Felipe V, volviera otorgar o retirar según fuera el caso (o su gusto) todas y cada una de las propiedades que hubieran sido distribuidas por sus antecesores.

Felipe V de Borbón



Resulta que para esas fechas, Rosa María Leal había ya quedado viuda del capitán don Juan Sánchez del que había engendrado seis hijos.  El expediente de la “componenda” da muchos detalles de la vida de doña Antonia Rita Rosa María de Leal y Araujo Xaramillo y Llanos de Comparán como que, había recibido en herencia paterna un título nobiliario (que reserva al Rey) que ponía en manos de Su Magestad así como todos los bienes que poseía a “nombre de Su Magestad el Rey”  entre ellos, la fabulosa hacienda de San Andrés con su fortín y castillo (así mismo dice).  Dicho sea de paso, cuando inició el proceso estaba en su casa de Etzatlán pero poseía otra en La Magdalena a donde residía de continuo.

El "Fortín" o "Castillo" mencionado en el expediente de la Componenda de doña Rosa María Leal.



Al final, Rosa María Leal se casó con un Orendaín allegado a la Real Caja de Guadalajara.  Rosa María introdujo al matrimonio la hacienda de San Andrés.  Dos mujeres novohispanas dejaron huella en la historia y coincidieron en tiempo en la misma ciudad.   Una es recordada y la otra ha sido paulatinamente olvidada a pesar de haber detentado la más fabulosa de las haciendas de Magdalena, Jalisco. De una tenemos imagen de la otra solo el nombre.

lunes, 31 de julio de 2017

"Estás muerto"

Allí, en el cruce de las calles que hoy se llaman Allende e Independencia se localiza un billar muy conocido por todos los magdalenenses.  A principios del siglo XX era una casa como todas.  Bueno, como casi todas las de Magdalena.  En ella vivía Amparo con su familia materna.  El color de su tez, los ojos avellanados y el cabello negro de destellos azules habían cautivado a más de uno.

Hija de un rico hacendado que había fallecido a poco, su madre y ella tuvieron que retirarse a esa finca que, aunque reducida, tenía todos los servicios para su estilo de vida.  De un lado el fuerte muro dividía de la calle.  Por el frente pasaba la que entonces se llamaba todavía “Calle Real” y ya comenzaban a conocer como la de la Independencia.  Seis largas ventanas se colocaban en fila.  De frente, al lado izquierdo, parecía que una de ellas se había hecho más larga para hacer el ingreso principal.

Las largas ventanas de madera tenían sus postigos, unas pequeñas ventanitas que podían abrirse sin necesidad de apartar toda la larga hoja de madera.  Obviamente estaban protegida por los barandales de hierro tan clásicos en las casas mexicanas.  Era por ese postigo por donde, por las noches, podían platicar.  La casa de Amparo era sin embargo, algo más liberal y se permitía que las muchachos o muchachos abrieran de par en par las ventanas.

Anselmo le hacía la corte a Amparo.  Quería impresionarla y enamorarla.  Pasaba todos los días camino de su parcela haciendo un largo rodeo frente a su casa.  El caballo enajezado y él con sus mejores ropas cual si fuera domingo.  Se portaba espléndido ante la mirada femenina que parecía ignorarlo.  Cierta vez la encontró yendo a la plaza por las compras de la casa y la siguió a caballo.  Él le hablaba pero ella lo ignoraba.  Quiso entonces darle un “jalón” del brazo y ella, con más fuerza, lo tiró del caballo.  Anselmo se levantó rápidamente sorprendido:

-¿Te parecen modales hablarme desde lo alto de tu bestia? Mejor vente a pie conmigo y carga.  Acomidete a algo.

Así, Anselmo y Amparo comenzaron a ser amigos y se les veía platicar en la ventana de su casa cuando él volvía de sus labores de campo. 

No fue mucho tiempo ni fueron muchas veces.  Al caer una tarde Anselmo no llegó y Amparo se quedó esperando en la ventana.  Esa misma noche (era un sábado).  Tras encender las luces de la casa, cayó el sereno acompañado de un neblina rara.  Entre el vapor de agua parecían que los sonidos se hacían mudos o desparecían de pronto.  Amparo se sintió repentinamente cansada y se retiró a su habitación.  Cesarea, su tía iba con ella.

Al rato de platica se oyeron dos golpes en la ventana de madera:

-¡No abras! – dijo Cesarea- Ha de ser la muerte porque solo tocó dos veces (y soltaron una leve carcajada)

Haciendo señas Amparo le mandó se escondiera tras la otra de la ventana.  Se aliñó rápidamente el cabello y abrió la ventana.  Ahí estaba Anselmo.  Pálido.  Asustado. Sin caballo.

-¿Qué te pasó? ¿Qué horas son estás? ¿Qué tiene Anselmo? (le dijo sorprendida Amparo)

-No sé (respondió) yo venía de Santa María pa´cá, pa contigo.  Luego una víbora.  Creo que fue eso espantó mi caballo.  Me levanté y solo vi neblina por todos lados y comencé a caminar y caminar.  Luego me acordé que quedé en verte y caminé derechito, derechito hasta que pude ver la ventana de tu casa y aquí ando.  Contigo como dije que haría.

Amparo estaba impresionada por lo que veía.  Mientras hablaban, Cesarea había salido de su escóndite para ver a Anselmo.  Un tenue cordón dorado estaba anudado a su cintura.  Con una rápida mirada le hizo notar el detalle a Amparo.

-Anselmo (dijo Amparo) te agradezco el cumplimiento de la palabra empeñada conmigo.  No hay ningún deber conmigo. Vete por donde venías porque estás muerto.

-No, no estoy muerto todavía porque me acordé de ti y por eso vengo contigo.  Mira aquí estoy. 

Cesarea cubría los espejos de la recamara de Amparo y le sirvió un vaso con agua a Anselmo.  Él lo tomó con la mano derecha y agradeció el gesto.  El agua se consumió sin que la hubiera bebido y Anselmo se sorprendió.

-A veces, Anselmo, las almas se tardan en irse (le decía Cesarea) y están con nosotros por un tiempo para despedirse.  Verás que no estás ya con nosotros.  Repite conmigo:
“Bendice mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo…”-

Anselmo solo hacía gesticulaciones con la cara.  La quijada se le trababa.  Le daba risa porque, decía, recordaba el rezo pero no lo podía decir “lo tengo en la punta de la lengua” decía y no lo podía hacer.  Así lo intentaron tres veces hasta que Amparo se cansó:

-¡Estás muerto Anselmo! ¿Viniste para que yo te dijera eso? ¿Ya viste el cordón que traes en la cintura? ¿Quieres que yo lo corté?

Anselmo asintió.  Amparo se acercó a su rostro con mucha ternura.  Posó su mano sobre su cadera izquierda y le dio un beso.  Anselmo sintió un aire fresco y su rostro se iluminó, el cordón se soltó de su cintura.  Dió un paso atrás y mientras se desaparecía entre la neblina les dijo:

-¡Vayan por mí al camino a Santa María!

La noticia corrió rápidamente pero, como suele suceder en esos casos.  Los vecinos todos tienen miedo ya nadie quiso acompañar al contigente encabezado por Cesarea y Amparo.  Dos hermanos de Anselmo, su padre y una hermana hicieron el camino a Santa María. 

Con hachones y “aparatos” iluminaban a un lado y a otro del camino.  Cuando Amparo besó a Anselmo vió algo como un árbol, sintió el frescor del agua y percibió un aroma a azucenas.  Justo bajo un árbol que crecía cerca de un arroyo estaba el cádaver de Anselmo rodeado de azucenas.  El llanto de los que lo buscaban no se hizo esperar.
Pero era de noche y si lo dejaban ahí el cuerpo podía ser devorado por las bestias del campo.  Lo envolvieron lo mejor que pudieron y lo cargaron en una camilla que arrastraba un caballo. 

-¡No apaguen las luces!- Mandaba enérgica Cesarea-Iluminen su camino que no se apaguen las luces-


Los muertos no pueden pronunciar el nombre de D-os.  Por eso Cesarea le pedía a Anselmo que repitiera el rezo con ella.